Entrevista con Marta Pascual
Hablamos con Marta Pascual, diseñadora además de ponente, comisaria y divulgadora en congresos, festivales y encuentros especializados en diseño, creatividad, sostenibilidad e innovación social.
Desde 2009 es la fundadora y directora creativa de U-ak Estudio, especializado en diseño de mobiliario, iluminación y accesorios domésticos. La innovación, la sostenibilidad, la producción mediante impresión 3D con materiales biodegradables y la colaboración con talleres textiles y proyectos de inserción social centran su actividad. Sus dos grandes líneas de trabajo se basan en el diseño de producto y en la formación vinculada al diseño social y considera que todo lo que hace lo atraviesan la investigación y el aprendizaje. “Si estás formando a otras personas, necesitas estar aprendiendo constantemente”, afirma.
Desarrolla el Proyecto Viveros, un programa de diseño social presente en Madrid Design Festival en las dos últimas ediciones, desde su creación en 2021 junto a Norte Joven, una asociación que trabaja con jóvenes en situación de desventaja social. Vocal de las juntas directivas de READ (Red Española de Asociaciones de Diseño) y DIMAD y patrona de Fundación Diseño Madrid, actualmente, es cofundadora de la asociación TetuánCrea y, ha impartido formación en instituciones como EOI, IED Madrid, UDIT e IE University. Ha diseñado y coordinado diversas iniciativas para entidades como IKEA, La Casa Encendida, Casa Árabe, Fundación Aladina, TEDxKids y el Ayuntamiento de Pozuelo. Ha presentado trabajos en eventos internacionales como Dutch Design Week, Milan Design Week, Beijing Design Week y Madrid Design Festival, y fue nominada a los German Design Awards 2024 por la pieza Don’t Waste Time Clock.
En esta charla nos cuenta cómo el diseño aporta mucho más que la creación de objetos. “Implica observar, investigar, resolver problemas y desarrollar pensamiento crítico”.
¿Recuerdas el momento en el que decidiste dedicarte al diseño? ¿Qué te atrajo inicialmente?
Recuerdo que, desde muy pequeña, lo que más feliz me hacía era jugar en casa de mis padres a construir casas para mis muñecas dentro de un armario. Podía pasar horas utilizando gomaespuma, plastilina o cualquier material que encontrara para fabricar muebles, crear espacios y dar forma a pequeños mundos imaginarios para mis personajes.
Mi padre era Arquitecto Técnico, así que crecí rodeada de conversaciones sobre espacios, construcción y diseño. De alguna manera, esa sensibilidad formó parte de mi vida desde el principio. En realidad, todo lo relacionado con crear me fascinaba. Siempre he necesitado mantenerme conectada con mi parte creativa y me han interesado profundamente los procesos de creación, la manera en que una idea toma forma y se convierte en algo tangible.
¿Qué ha determinado tu trayectoria?
Por un lado, la dimensión funcional del diseño y, por otro, la escala humana, esa cercanía con las personas y con su vida cotidiana. Siempre que pienso en una idea, lo hago desde la voluntad de aplicarla a algo real, de que tenga una utilidad concreta. Me resulta difícil imaginar un objeto o desarrollar un proyecto que no responda a una función o que no aporte algún tipo de valor a quien lo utiliza.
También me ha atraído desde siempre la idea de pensar en lo que viene, en el futuro, y en cómo podemos hacer más agradable, más sencilla o significativa la vida que nos rodea. Por eso me han interesado tanto las técnicas, los materiales y los procesos de innovación.
Creo que, precisamente por todo ello, el diseño es la disciplina perfecta para mí. Lo entiendo como una herramienta de innovación en el sentido más amplio: una forma de conectar la creatividad con la realidad para generar soluciones que integren aspectos estéticos, técnicos, funcionales y sociales. Diseñar es imaginar nuevas posibilidades, pero también hacerlas posibles.
U-ak es un nombre singular y muy reconocible. ¿Qué significa, cuál es la historia?
Los comienzos del estudio surgieron junto a mi socia, que trabajaba en el ámbito de la cooperación internacional. Queríamos encontrar una forma de unir la cooperación y el diseño para dotar de sentido a las piezas que creábamos. Ella tenía acceso a proyectos sociales en diferentes partes del mundo, muchos de ellos vinculados a comunidades que conservaban técnicas textiles artesanales ancestrales. Nos parecía muy interesante poder dar a conocer estos proyectos y culturas a través de los textiles que elaboraban. Así nació la idea de incorporarlos a piezas diseñadas aquí, creando un vínculo entre lo artesanal y cultural de otras partes del mundo y el diseño local. Fue un proceso de investigación apasionante. Incluso contamos con la colaboración de Lala de Dios, que nos trajo tejidos absolutamente impresionantes de algunos de sus viajes: piezas realizadas en telares artesanales de bambú, donde se empleaban tanto las manos como los pies en su elaboración.
Eran tejidos extraordinarios, tan delicados que prácticamente se deshacían al manipularlos. Después de explorar distintas posibilidades sobre cómo aportar valor a lo que hacíamos, en 2009 comenzamos a desarrollar una idea que pudiera enriquecer la experiencia de quienes disfrutaran de nuestras creaciones: diseñar piezas para espacios infantiles.
Nos pareció interesante crear piezas textiles y de mobiliario elaboradas con materiales de calidad, como fieltros 100 % lana, cuyas propiedades eran especialmente valiosas. Además, incorporábamos tejidos artesanales procedentes de otras culturas, poniendo en valor diferentes formas de vivir, crear y preservar técnicas tradicionales. Por ello, nuestros primeros pasos estuvieron orientados al diseño para el público infantil, y de ahí nació nuestro nombre: Muakbabi. “Muak” hacía referencia a la onomatopeya de un beso y “babi” era un guiño al universo infantil.
Aquella primera etapa llegó a su fin y decidí continuar en otra dirección, manteniendo intacta la filosofía que había dado origen al proyecto. Por eso eliminé la “m” de Muak y la referencia a “babi”, conservando únicamente la parte central del nombre: U-AK. De alguna manera, era una forma de mantener vivo el mismo espíritu con el que todo había comenzado.
Después de más de quince años de trayectoria, ¿ha cambiado su significado o sigue respondiendo a la misma intención con la que nació?
Lo más interesante es que, aunque el estudio ha evolucionado y se ha transformado con el tiempo, la esencia permanece. De hecho, todavía conservo un mapa mental que elaboré en los inicios del proyecto y que marcaba su hoja de ruta conceptual y estratégica. Cuando lo miro hoy, me sorprende comprobar que muchos de los principios que aparecían en aquel esquema continúan guiando mi trabajo.
¿Con qué intención nació el estudio?
Con una dimensión social que no solo se ha mantenido, sino que se ha fortalecido con los años. También sigue presente la búsqueda de un equilibrio medioambiental, tanto en la elección de técnicas y materiales como en la apuesta por una producción local y responsable. Del mismo modo, continúa existiendo el deseo de aportar valor a través del diseño, explorando nuevas formas, nuevos significados y nuevas maneras de relacionarnos con los objetos y las personas que nos rodean.
Desde el principio también hubo una vocación internacional. Los referentes, especialmente el diseño holandés y escandinavo, han influido en esa mirada abierta hacia el exterior. Siempre he sentido la necesidad de observar lo que ocurre más allá de nuestro entorno inmediato, aprender de otras culturas y conectar con formas distintas de entender el diseño, la innovación y la vida cotidiana.
Pero, por encima de todo, este proyecto tiene mucho de misión personal. Está profundamente ligado a lo que quiero aportar como persona a través de mi trabajo y a la manera en que entiendo mi relación con la sociedad. Por eso nunca he sentido una separación clara entre lo personal y lo profesional. Ambos ámbitos se alimentan mutuamente y forman parte de una misma búsqueda. Mi trabajo es, en gran medida, una vocación. Necesito que lo que hago tenga sentido y esté alineado con mis valores, con mi forma de entender el mundo y con la contribución que quiero realizar desde mi profesión. De alguna manera, el estudio se ha convertido en una herramienta para dar forma a esa visión: una manera de estar en el mundo y, al mismo tiempo, de intentar transformarlo, aunque sea a pequeña escala, a través del diseño.
Tu trabajo se mueve entre diseño de producto, docencia, investigación y proyectos comunitarios. ¿Cuál es el hilo conductor que une todo?
La creatividad, la generación de valor y el bienestar de las personas son tres dimensiones que han estado presentes desde el inicio y que continúan guiando cada proyecto que emprendo. Como señala André Ricard en su libro La aventura creativa: Las raíces del diseño, «quizás la creatividad sea así la respuesta al porqué de la vida». En mi caso, podría decir que es la respuesta al porqué de mi trabajo y también de una parte importante de mi vida. La creatividad no es únicamente una herramienta profesional, sino una manera de observar, interpretar y relacionarme con el mundo.
Esos elementos inseparables se enriquecen mutuamente. La creatividad cobra sentido cuando es capaz de generar valor; el valor es más significativo cuando contribuye al bienestar de las personas; y la búsqueda de ese bienestar alimenta constantemente nuevos procesos creativos. Es un ciclo continuo de aprendizaje, exploración y transformación.
A menudo hablas del diseño como herramienta de transformación social. ¿Qué significa realmente diseñar desde esa perspectiva?
Esta inquietud es el eje central de mi investigación doctoral: la capacidad del diseño para transformar contextos sociales y generar oportunidades reales para las personas. Recuerdo que esta búsqueda comenzó a tomar forma en 2012, cuando leí una reflexión en un blog especializado en diseño que me marcó profundamente. Partía de una frase muy conocida: «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad». A continuación, el autor planteaba una idea que resonó inmediatamente conmigo: «Los diseñadores no somos superhéroes. No lanzamos telarañas ni sobrevolamos edificios, pero como profesionales del diseño tenemos el poder y, por tanto, la responsabilidad de ayudar a diseñar un mundo mejor».
Aquella reflexión me llevó a interesarme cada vez más por la relación entre el diseño y los proyectos de impacto social. En 2017, gracias a Silvia Gómez Cisneros, conocí Ellas lo Bordan, un taller de confección que desarrollaba un interesante proyecto de inclusión social a través del trabajo con mujeres. A partir de entonces comencé a colaborar con ellas en la producción de la parte textil de algunos proyectos.
Un año después, durante la celebración de la Dutch Design Week en Eindhoven, descubrí Social Label, una iniciativa que trabaja junto a colectivos sociales locales y diseñadores holandeses de reconocido prestigio para desarrollar productos capaces de generar economía social y nuevas oportunidades para sus participantes. Más allá de los objetos resultantes, lo que me impactó fue la capacidad del proyecto para combinar formación, aprendizaje técnico, inserción social y laboral, desarrollo de la autoestima y creación de redes de apoyo.
En ese momento, ¿fue cuando conociste la experiencias similares en España?
La necesidad de explorar fórmulas similares aquí me llevó a conocer la Asociación Norte Joven, una entidad educativa que ofrece segundas oportunidades a jóvenes en situación de desventaja social a través de programas de formación profesional en oficios como carpintería, fontanería, electricidad o cocina.
En 2021 pusimos en marcha un primer programa piloto donde colaboraron diferentes diseñadores que, poco a poco, ha ido creciendo hasta consolidarse como una línea de trabajo estable. En este contexto, el diseño se utiliza como herramienta de cocreación, trabajo en equipo, pensamiento crítico y resolución de problemas. Durante los dos últimos años, y debido a la creación del colectivo TetuánCrea, me pareció muy interesante hacer partícipes a los diseñadores del proyecto dando lugar a exposiciones construidas en torno a conceptos capaces de integrar el trabajo de todos los talleres del centro.
¿Cómo se ha dado visibilidad al proyecto?
Los resultados se han presentado en Madrid Design Festival, lo que ha supuesto además el reconocimiento al trabajo realizado por los participantes.
Además, en la edición más reciente incorporamos la colaboración de Elmo Leather para desarrollar piezas de iluminación codiseñadas por los participantes y destinadas a la tienda efímera presentada durante el festival. Este tipo de alianzas demuestran cómo el diseño puede conectar instituciones educativas, empresas, profesionales y colectivos sociales en torno a objetivos compartidos. Para mí, diseñar desde una dimensión social significa utilizar las herramientas, metodologías y procesos propios del diseño –como el design thinking, la cocreación, el diseño centrado en las personas, el diseño estratégico o el diseño participativo–, para contribuir a la mejora de la calidad de vida de las personas y las comunidades, independientemente de su contexto geográfico, económico o cultural.
¿Crees que el diseño tiene la capacidad de generar cambios reales en la vida de las personas?
Es uno de los aspectos que más me interesan y, al mismo tiempo, uno de los mayores retos de esta línea de trabajo. Los efectos más valiosos de estos procesos suelen ser también los más difíciles de medir y demostrar. Resulta relativamente sencillo contabilizar el número de participantes, las horas de formación o los productos desarrollados, pero es mucho más complejo evaluar aspectos como el empoderamiento personal, el aumento de la autoestima, la generación de vínculos sociales, el sentimiento de pertenencia o la capacidad de una persona para visualizar nuevas oportunidades para su futuro.
Sin embargo, son precisamente esos resultados los que considero más importantes. También son los que necesitan ser demostrados con mayor rigor para que este tipo de iniciativas puedan consolidarse, replicarse y recibir el apoyo necesario para seguir creciendo.
¿Qué conclusiones has sacado?
A lo largo de los años, las diferentes colaboraciones y proyectos en los que he participado me han permitido observar de manera directa los efectos que estos procesos generan en las personas. Aunque en muchos casos no hemos contado todavía con herramientas de medición cuantitativa suficientemente desarrolladas, la experiencia acumulada apunta de forma consistente hacia una misma dirección: cuando las metodologías de diseño se aplican en contextos sociales, favorecen el empoderamiento, estimulan la participación activa, fortalecen las relaciones interpersonales y generan dinámicas de colaboración que contribuyen al desarrollo individual y colectivo.
He podido comprobar cómo las personas ganan confianza en sus capacidades, descubren habilidades que desconocían, aprenden a trabajar en equipo y comienzan a verse a sí mismas como agentes capaces de aportar valor. El diseño, entendido como proceso creativo compartido, se convierte entonces en una herramienta para imaginar posibilidades, experimentar nuevas formas de hacer y construir oportunidades reales.
Además, estos proyectos tienen la capacidad de crear ecosistemas de colaboración en los que participan actores muy diversos: usuarios, profesionales del diseño, empresas, proveedores, instituciones culturales, entidades sociales y ciudadanía en general. La participación de todos ellos amplía el alcance de los proyectos y favorece la creación de conexiones económicas, sociales y culturales sostenibles.
¿Cuáles consideras los principales desafíos del diseño social?
Esas conexiones son las que permiten construir comunidades más creativas, resilientes y autosuficientes, capaces de seguir creciendo más allá de la duración concreta de cada proyecto. Por eso considero que uno de los grandes retos será desarrollar metodologías que permitan evidenciar con mayor claridad su impacto. No para justificar su existencia, sino para comprender mejor su capacidad transformadora y ampliar su alcance. Porque si somos capaces de demostrar cómo estos procesos contribuyen a mejorar la vida de las personas, estaremos también creando nuevas oportunidades para que el diseño ocupe un papel más relevante en la construcción de una sociedad más inclusiva, participativa y sostenible.
De todos estos trabajos colaborativos, con talleres, colectivos o iniciativas de inserción social, ¿qué has aprendido?
Creo que para cualquier diseñador es fundamental trabajar desde la empatía, que forma parte de la propia esencia del proceso de diseño. Diseñar implica comprender a las personas, ponerse en el lugar de quienes utilizarán un producto, un servicio o una experiencia, entender sus necesidades, sus expectativas y también sus dificultades.
Esta capacidad de observación y comprensión es imprescindible tanto cuando trabajamos para un cliente como cuando diseñamos para un usuario final. Sin embargo, cuando el proceso se desarrolla en contextos sociales diversos y mediante dinámicas de codiseño con personas que tienen realidades muy distintas a las nuestras, esa capacidad de comprensión se amplía enormemente. Nos obliga a cuestionar nuestras propias perspectivas, a escuchar de manera más profunda y a descubrir necesidades, capacidades y formas de relacionarse con el entorno que, de otro modo, podrían pasar desapercibidas. Para mí, una de las mayores aportaciones de este tipo de experiencias es precisamente esa ampliación de la mirada. Trabajar junto a personas con trayectorias vitales diferentes nos permite comprender mejor la complejidad de la condición humana y reconocer que el diseño no trata únicamente de objetos o servicios, sino también de relaciones, contextos y oportunidades.
Cuando miras hacia tus primeros proyectos, ¿qué permanece intacto y qué ha cambiado en tu manera de diseñar?
Creo que la base, los valores y el sentido de mi trabajo siguen siendo esencialmente los mismos que cuando comencé. Si miro hacia atrás, reconozco las mismas inquietudes: curiosidad, creatividad, búsqueda de valor para las personas, dimensión social del diseño e interés por generar un impacto positivo a través de los proyectos. Lo que ha cambiado no es tanto el propósito como la manera de abordarlo.
Quizás la principal transformación ha tenido lugar en la investigación. En los primeros años proyectaba de una forma más intuitiva e impulsiva. Había una energía muy ligada al descubrimiento, a la experimentación y a la necesidad de materializar ideas rápidamente. Con el tiempo he aprendido a conceder más espacio a la observación, al análisis y a la reflexión previa. Ahora intento desarrollar procesos de investigación más pausados, profundos y conscientes, entendiendo que muchas veces las mejores respuestas aparecen cuando dedicamos el tiempo suficiente a formular las preguntas adecuadas.
También ha cambiado mi manera de entender el propio proceso de diseño. Si antes el foco estaba más centrado en el resultado final, hoy otorgo una importancia creciente al recorrido que conduce hasta él.
¿Qué es lo que más te interesa?
Especialmente todo aquello que sucede durante el proceso: conversaciones, aprendizajes compartidos, generación de conocimiento y relaciones que se construyen entre las personas implicadas. En este sentido, los procesos participativos han adquirido un peso fundamental en mi trabajo. Cada vez me interesa más incorporar a los usuarios, colaboradores y diferentes agentes implicados en la construcción de los proyectos. No solo porque enriquecen el resultado final, sino porque aportan perspectivas que difícilmente podrían surgir desde una mirada individual. La participación permite que el diseño se convierta en un espacio de escucha, intercambio y construcción colectiva de significado. De alguna manera, siento que mi práctica profesional ha evolucionado desde una visión más centrada en diseñar para las personas hacia una visión que busca diseñar con las personas. Y ese cambio, aunque pueda parecer sutil, ha transformado profundamente mi forma de trabajar, de investigar y de entender el papel del diseño en la sociedad. Hoy sigo creyendo en la creatividad como motor de transformación, pero también en la importancia de los tiempos lentos, de la escucha activa y de la inteligencia colectiva. Porque cuanto más complejo es el contexto en el que trabajamos, más necesario resulta construir las respuestas de manera compartida.
¿Hay alguna idea que entonces dabas por cierta y que hoy cuestionas?
Sí, probablemente una de las ideas que más he cuestionado con el tiempo es la de entender el diseño principalmente como una herramienta para crear objetos o resolver problemas concretos. Cuando empecé, estaba mucho más centrada en el resultado final: en la pieza, en el producto, en la solución diseñada. Hoy sigo considerando importante esa dimensión, pero creo que el verdadero potencial del diseño está también en los procesos que genera y en las relaciones que es capaz de activar.
Con los años he comprendido que muchas veces el valor de un proyecto no reside únicamente en lo que se produce, sino en lo que sucede durante el camino. En las conversaciones que se abren, en los aprendizajes compartidos, en las capacidades que desarrollan las personas implicadas o en las conexiones que se crean entre actores que, de otro modo, probablemente nunca habrían colaborado. Antes pensaba que gran parte de mi trabajo consistía en encontrar soluciones. Hoy creo que, en muchas ocasiones, mi papel tiene más que ver con formular buenas preguntas, facilitar procesos y crear las condiciones necesarias para que las respuestas puedan surgir de manera colectiva.
Otra idea que he ido revisando es la relación entre rapidez y eficacia. Durante mucho tiempo asocié la capacidad de producir, resolver y avanzar rápidamente con una forma eficiente de trabajar. Sin embargo, la experiencia y la investigación me han enseñado el valor de los procesos lentos. He aprendido que escuchar, observar, comprender los contextos y dedicar tiempo a la investigación suele conducir a soluciones más sólidas, más pertinentes y más sostenibles. Creo que sigo persiguiendo los mismos objetivos y compartiendo los mismos valores. Lo que ha cambiado es la comprensión de la complejidad que existe detrás de ellos. Cuanto más avanzo, menos certezas absolutas tengo y más consciente soy de que el diseño es, sobre todo, una herramienta para aprender, conectar y construir junto a otros.
Tu trayectoria está muy vinculada al barrio de Tetuán y a la creación de redes como TetuánCrea. ¿Qué papel juega el territorio en tu proceso creativo? ¿Es posible diseñar comunidad?
Creo que sí es posible diseñar comunidad. De hecho, cada vez estoy más convencida de que una de las aportaciones más valiosas del diseño consiste precisamente en generar las condiciones para que las personas se encuentren, colaboren y construyan proyectos compartidos. Es cierto que este tipo de trabajo requiere tiempo, dedicación y una energía que muchas veces se suma a las exigencias del trabajo cotidiano. Crear comunidad no suele ser la opción más rápida ni la más sencilla. Sin embargo, para mí es una de las más enriquecedoras. Compartir proyectos, construir redes de confianza y generar espacios de colaboración siempre ha sido una necesidad personal y profesional.
¿En qué colectivos y asociaciones profesionales estás involucrada?
Primero DIMAD y, más recientemente, TetuánCrea son espacios que me han permitido comprobar cómo la colaboración transforma no solo los proyectos, sino también la manera en que entendemos nuestro trabajo. Cuando compartimos conocimientos, experiencias y recursos, los procesos se enriquecen y aparecen oportunidades que difícilmente surgirían de manera individual. Lo más interesante es que estas dinámicas terminan trascendiendo lo estrictamente profesional. En el caso de TetuánCrea, no solo hemos desarrollado proyectos conjuntamente o generado nuevas oportunidades de colaboración entre profesionales que trabajaban muy cerca unos de otros sin conocerse. También se han creado vínculos personales, relaciones de confianza e incluso amistades. De alguna manera, se ha tejido una red humana que fortalece tanto a las personas como al propio territorio.
Precisamente esa es una de las razones de ser de este proyecto: conseguir que los beneficios de las iniciativas reviertan en las personas y en los lugares donde se desarrollan. Me gustaría que cada vez más proyectos pudieran permanecer vinculados al barrio, que los vecinos encontraran formas de participar en ellos y que existieran más oportunidades para construir procesos compartidos desde la proximidad.
La sostenibilidad aparece de forma natural en tu trabajo, ya sea a través de materiales biodegradables, producción local o recuperación de oficios. ¿Cómo entiendes hoy la responsabilidad del diseñador?
Para mí, la sostenibilidad nunca ha sido una tendencia ni una estrategia añadida a posteriori. Ha estado presente de forma bastante natural desde los inicios del estudio, probablemente porque siempre he entendido el diseño como una herramienta para generar valor y no simplemente para producir objetos. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que la responsabilidad del diseñador va mucho más allá de la elección de materiales sostenibles o de la reducción del impacto ambiental de un producto, aunque por supuesto esos aspectos son fundamentales. Creo que nuestra responsabilidad comienza mucho antes, en las preguntas que nos hacemos antes de diseñar: ¿es realmente necesario este producto?, ¿qué necesidad resuelve?, ¿qué impacto tendrá en las personas, en el territorio y en los recursos que emplea?, ¿qué relaciones genera o qué dinámicas fomenta?
Diseñar implica tomar decisiones constantemente, y cada una de esas decisiones tiene consecuencias. Elegir un material, un proceso productivo, un proveedor local o una determinada forma de distribución no son únicamente cuestiones técnicas; también son decisiones culturales, sociales y económicas. Por eso considero que la responsabilidad del diseñador consiste, en gran medida, en ser consciente de esas implicaciones y tratar de actuar de la manera más coherente posible.
¿Cómo lo traduces en lo que haces?
En mi caso, a diferentes escalas, a veces aparece a través de materiales biodegradables o de bajo impacto ambiental. Otras veces mediante la producción local, la colaboración con pequeños talleres o la recuperación de técnicas y oficios artesanales que forman parte de nuestro patrimonio cultural. Y, cada vez más, aparece también en la dimensión social de los proyectos, en cómo estos pueden generar oportunidades, fortalecer comunidades o activar redes de colaboración.
De hecho, hoy entiendo la sostenibilidad de una forma mucho más amplia que hace unos años. No la relaciono únicamente con el medioambiente, sino también con las personas y con los territorios. Me interesa pensar en proyectos que puedan ser sostenibles ecológicamente, pero también social y económicamente. Proyectos que generen valor para quienes participan en ellos y que contribuyan a construir relaciones más equilibradas y duraderas.
En este sentido, creo que la responsabilidad del diseñador no consiste en ofrecer respuestas perfectas ni en asumir que puede resolver por sí solo problemas complejos. Más bien tiene que ver con adoptar una actitud consciente, crítica y comprometida frente a los desafíos de nuestro tiempo. Creo que diseñar de manera responsable significa precisamente eso: ejercer la creatividad desde la conciencia de que todo lo que hacemos forma parte de un ecosistema mucho más amplio y que nuestras decisiones pueden contribuir a hacerlo más equilibrado, más humano y sostenible.
De hecho, uno de los últimos proyecto ha sido con Elmo Leather con restos industriales, cuéntanos en qué ha consistido.
Sí, este proyecto con Elmo Leather ha sido una gran oportunidad y un ejemplo muy representativo de la dirección en la que me interesa seguir trabajando.
Como comentaba anteriormente, la colaboración surgió dentro del proyecto de diseño social que desarrollamos este año entre TetuánCrea y Norte Joven, y que fue presentado en Madrid Design Festival. Tuvimos la suerte de que Elmo Leather quisiera sumarse a la iniciativa aportando materiales procedentes de sus excedentes de producción para desarrollar una colección de lámparas codiseñadas por Estrella Pozas e Ilaria Franceschini junto a los participantes del proyecto.
Las piezas fueron confeccionadas en el taller de Soulem, otro proyecto con una importante dimensión de inserción social, lo que hizo que la colaboración adquiriera una riqueza especial. Para nosotros fue muy importante que una firma como Elmo Leather decidiera implicarse de manera activa, no solo participando en la exposición, sino también acogiendo una presentación y muestra del proyecto en su espacio de Madrid.
Lo que me resulta especialmente interesante de esta colaboración es que en ella convergen muchas de las cuestiones que forman parte de mi investigación y de mi práctica profesional. Por un lado, existe una dimensión de codiseño y participación, donde diferentes perfiles y conocimientos se encuentran para desarrollar un proyecto común. Por otro, aparece la reutilización de materiales a través del aprovechamiento de los leftovers de producción, incorporando una mirada sostenible al proceso. Y, además, se suma una dimensión social al involucrar a entidades y talleres que trabajan en procesos de formación e inserción laboral. En ese sentido, las lámparas son casi la consecuencia visible de algo mucho más amplio. Lo verdaderamente valioso es la red de colaboraciones que se genera alrededor del proyecto y la capacidad de conectar empresas, diseñadores, entidades sociales y participantes en torno a un objetivo compartido. Cada uno aporta conocimientos, recursos y experiencias distintas, enriqueciendo el resultado final y multiplicando el impacto del proyecto.
También creo que este tipo de experiencias abren caminos muy interesantes de cara al futuro. Demuestran que es posible establecer colaboraciones entre marcas, diseñadores y organizaciones sociales desde una lógica de beneficio mutuo y de creación de valor compartido. Me interesa especialmente explorar cómo estos modelos pueden ampliarse y replicarse con otras empresas y sectores, generando nuevas oportunidades para que el diseño actúe como puente entre el ámbito empresarial, la sostenibilidad y la innovación social.
Al final, más allá de las piezas producidas, lo que me parece realmente relevante es que este tipo de colaboraciones permiten materializar muchas de las ideas en las que llevo años trabajando: la participación, la reutilización de recursos, la generación de oportunidades, la creación de comunidad y la capacidad del diseño para conectar personas y contextos que, aparentemente, pertenecen a mundos diferentes.
¿Cuáles dirías que son los tres pilares que sostienen tu práctica profesional y personal?
Si tuviera que resumir mi práctica profesional y personal en tres pilares, diría que son la creatividad, la colaboración y la generación de valor para las personas. La creatividad porque ha sido siempre el motor de todo lo que hago. No la entiendo únicamente como una capacidad para generar ideas nuevas, sino como una forma de observar el mundo, hacer preguntas, conectar conceptos y encontrar posibilidades donde aparentemente no las hay. Desde niña he sentido la necesidad de crear y, con el tiempo, he comprendido que la creatividad es una herramienta extraordinaria para imaginar futuros posibles y transformar realidades.
El segundo pilar sería la colaboración. Con los años he aprendido que los proyectos más enriquecedores rara vez se construyen en solitario. La colaboración, el aprendizaje compartido y la inteligencia colectiva han estado presentes en todas las etapas de mi trayectoria, desde los primeros proyectos vinculados a la cooperación internacional hasta las iniciativas más recientes desarrolladas junto a colectivos, asociaciones, empresas, instituciones educativas y comunidades locales. Cada persona aporta una mirada distinta y esa diversidad siempre termina ampliando el alcance y la calidad de los proyectos.
Y el tercer pilar sería la generación de valor para las personas. Probablemente es el que da sentido a los otros dos. Siempre me ha interesado que el diseño tenga una utilidad real y que contribuya de alguna manera a mejorar la vida de quienes interactúan con él. Esa idea ha ido evolucionando con el tiempo y hoy la entiendo de una forma mucho más amplia: generar valor no significa únicamente crear mejores productos, sino también generar oportunidades, conocimiento, bienestar, participación, conexiones y sentido de pertenencia.
De alguna manera, estos tres pilares se alimentan mutuamente. La creatividad permite imaginar nuevas posibilidades; la colaboración las enriquece y las hace viables; y la generación de valor aporta el propósito que orienta todo el proceso.
Actualmente desarrollas una investigación doctoral sobre diseño social. ¿Qué preguntas te surgen?
La principal pregunta que guía mi investigación es hasta qué punto el diseño puede contribuir realmente a transformar contextos sociales y generar oportunidades para las personas. Es una cuestión que me acompaña desde hace años y que nace tanto de la práctica profesional como de la observación de proyectos concretos en los que he participado. Me interesa especialmente comprender qué sucede cuando las herramientas y metodologías del diseño se aplican en contextos de vulnerabilidad social, educativos o comunitarios. ¿Qué impacto tienen estos procesos en laspersonas? ¿Qué capacidades desarrollan? ¿Cómo influyen en la autoestima, la participación, el sentido de pertenencia o la empleabilidad? ¿Qué ocurre más allá del resultado tangible de un proyecto?
Una de las cuestiones que más me inquieta es precisamente cómo medir ese impacto. En muchos de los proyectos que he desarrollado he podido observar transformaciones muy significativas a nivel personal y colectivo: personas que ganan confianza en sí mismas, que descubren capacidades que desconocían, que establecen nuevas relaciones o que encuentran oportunidades que antes no contemplaban. Sin embargo, esos resultados suelen ser difíciles de cuantificar y demostrar desde una perspectiva académica o institucional.
Por eso una parte importante de mi investigación busca identificar herramientas e indicadores que permitan comprender mejor estas transformaciones. Me interesa explorar cómo podemos evaluar aspectos como el empoderamiento, la participación, la generación de comunidad o el desarrollo de capacidades creativas. No solo para validar estos procesos, sino para aprender de ellos y mejorar su aplicación futura.
También me pregunto cuál debería ser el papel del diseñador en estos contextos. Durante mucho tiempo la disciplina ha estado muy vinculada a la creación de productos y servicios, pero cada vez me interesa más entender al diseñador como facilitador, mediador o activador de procesos colectivos.
¿Qué competencias necesita desarrollar para desempeñar ese papel? ¿Cómo puede trabajar junto a comunidades, instituciones, empresas y organizaciones sociales de una manera equilibrada y respetuosa?
Otra cuestión que me parece fundamental es cómo construir modelos sostenibles en el tiempo. Muchas iniciativas de diseño social generan resultados muy valiosos, pero dependen de proyectos puntuales, subvenciones o esfuerzos personales difíciles de mantener. Me interesa investigar qué condiciones son necesarias para que estos procesos tengan continuidad, puedan replicarse y generen un impacto duradero en los territorios donde se desarrollan.
En el fondo, todas estas preguntas convergen en una misma inquietud: cómo utilizar el diseño para ampliar las oportunidades de las personas y fortalecer las comunidades sin perder de vista la complejidad de los problemas sociales. No busco demostrar que el diseño sea una solución universal, porque no lo es. Lo que me interesa es comprender cuál puede ser su contribución específica y cómo podemos aprovechar mejor su capacidad para conectar conocimientos, activar la participación y generar procesos de transformación positiva.
Más que buscar respuestas definitivas, mi investigación pretende abrir espacios de reflexión y aportar evidencia sobre algo que he podido observar a lo largo de los años: que cuando el diseño se pone al servicio de las personas y se desarrolla de manera colaborativa, tiene la capacidad de generar cambios que van mucho más allá de los objetos que produce.
¿Hay alguna investigación o descubrimiento reciente que haya modificado tu forma de entender el diseño?
Más que un descubrimiento concreto, diría que lo que más ha transformado mi manera de entender el diseño ha sido la propia investigación doctoral y, sobre todo, el contacto con disciplinas que tradicionalmente han estado fuera del ámbito del diseño. Durante estos años he tenido que acercarme a campos como la sociología, la pedagogía, la innovación social, el desarrollo comunitario o la psicología social para comprender mejor los procesos que se generan cuando el diseño trabaja con personas y comunidades. Ese diálogo interdisciplinar me ha hecho entender que muchas veces el verdadero valor del diseño no reside tanto en los objetos que produce como en las dinámicas que activa.
La investigación también me ha llevado a cuestionar la idea de autoría individual. Cada vez me interesan más los procesos de cocreación y las metodologías participativas porque me permiten comprobar cómo las mejores ideas suelen surgir cuando diferentes conocimientos, experiencias y perspectivas se encuentran. Esto ha cambiado mi papel como diseñadora: hoy me siento menos interesada en diseñar para las personas y mucho más motivada por diseñar con ellas.
Por último, si hay una idea que realmente ha transformado mi manera de entender el diseño es la de que el impacto más profundo suele ser también el más difícil de medir. Podemos cuantificar productos, ventas, visitantes o participantes, pero resulta mucho más complejo evaluar la confianza que una persona recupera en sí misma, las relaciones que se generan entre los miembros de una comunidad o las oportunidades que nacen a partir de una experiencia compartida. Sin embargo, son precisamente esos efectos los que considero más valiosos.
Has participado en escenarios internacionales como Milan Design Week, Dutch Design Week o Beijing Design Week. ¿Qué te interesa compartir de la escena española cuando trabajas fuera? ¿Y qué aprendizajes te aporta?
Cada vez que participo en un contexto internacional me doy cuenta de la importancia que tiene compartir no solo proyectos concretos, sino también una forma de entender el diseño vinculada a nuestro contexto cultural, social y productivo. Participar en eventos como la Milan Design Week, la Dutch Design Week o la Beijing Design Week siempre supone una oportunidad de aprendizaje extraordinaria. Más que observar tendencias o productos, lo que me interesa es comprender cómo otras culturas abordan los problemas, cómo organizan sus ecosistemas creativos y qué papel ocupa el diseño dentro de sus sociedades. En el caso de los Países Bajos, por ejemplo, me ha inspirado profundamente la naturalidad con la que el diseño se relaciona con la investigación, la innovación social o las políticas públicas. Allí encontré muchos ejemplos de proyectos donde el diseño se entiende como una herramienta para abordar desafíos complejos relacionados con la educación, la inclusión, la sostenibilidad o el desarrollo comunitario. Esa visión ha influido notablemente en mi manera de entender la profesión.
Quizás uno de los mayores aprendizajes que me llevo siempre de estas experiencias es la importancia de mantener una actitud abierta y curiosa. Viajar, compartir proyectos y dialogar con profesionales de otros países te hace comprender que no existe una única manera de diseñar ni una única definición de éxito. Cada contexto tiene sus propias prioridades, recursos y desafíos.
Al mismo tiempo, estas experiencias también me han ayudado a valorar más aquello que tenemos cerca. Cuanto más conozco otros ecosistemas creativos, más consciente soy del potencial que existe en nuestro entorno: en nuestros talleres, en nuestras redes de colaboración, en nuestros barrios y en nuestras comunidades. Y quizás por eso cada vez me interesa más construir puentes entre ambos mundos, aprendiendo de experiencias internacionales pero aplicando ese conocimiento a contextos locales y cercanos. En el fondo, lo que más me interesa de trabajar fuera no es tanto exportar una determinada visión del diseño como generar intercambios. Compartir experiencias, aprender de otros y crear conexiones que permitan que las ideas circulen.
¿En qué proyectos estás inmersa actualmente?
Actualmente estoy trabajando en varios proyectos que reflejan las diferentes líneas que conviven dentro de mi práctica profesional. En el ámbito del producto, estoy desarrollando una serie de bandejas realizadas mediante impresión 3D, explorando las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías de fabricación y su diálogo con los materiales y los procesos contemporáneos. También estoy trabajando en un banco que forma parte de la familia de los Blocks Textiles, una línea de investigación que sigo desarrollando y que continúa evolucionando a través de nuevas aplicaciones y formatos. Además, continúo diseñando pequeñas colecciones de bolsos, piezas que voy lanzando de manera puntual y que me permiten seguir experimentando con materiales, técnicas y procesos de producción en talleres de reinserción social.
Paralelamente, continúo profundizando en la línea de investigación y acción vinculada al diseño social, que actualmente ocupa una parte muy importante de mi trabajo. Nuestro objetivo es seguir ampliando estos proyectos y generar nuevas colaboraciones con instituciones, entidades sociales y organizaciones que compartan el interés por utilizar el diseño como herramienta de aprendizaje, participación y generación de oportunidades.
También continúo colaborando con la Asociación de Latas de Bebidas en diferentes iniciativas relacionadas con la reutilización de materiales y la educación. Me interesa especialmente explorar cómo determinados residuos o materiales de desecho pueden convertirse en recursos pedagógicos capaces de introducir conceptos relacionados con la sostenibilidad, la creatividad y el diseño en contextos educativos.
Por otro lado, sigo muy implicada en las actividades de TetuánCrea, un espacio que continúa generando oportunidades de encuentro y colaboración entre profesionales creativos, instituciones, empresas y vecinos del distrito. En los próximos años me gustaría seguir impulsando proyectos colectivos que fortalezcan estas redes y amplíen la participación de la comunidad, favoreciendo que el diseño tenga una presencia cada vez más cercana y activa en el territorio.
Si pudieras imaginar el proyecto perfecto para desarrollar dentro de diez años, ¿cómo sería?
Lo imagino con bastante claridad impulsando una empresa de inserción laboral con forma de fundación o entidad social, donde el núcleo de la actividad sea precisamente aquello que más me interesa investigar y desarrollar: la capacidad del diseño para generar oportunidades reales para las personas.
Me gustaría crear una estructura capaz de integrar diseño, formación, producción e impacto social en un mismo ecosistema. Un lugar donde los procesos de codiseño formen parte natural del desarrollo de los proyectos y donde las piezas no sean únicamente el resultado final, sino también una herramienta de aprendizaje, capacitación y generación de empleo.
La idea sería desarrollar y producir mis propias colecciones dentro de ese contexto, pero también colaborar con otras firmas, diseñadores y marcas interesadas en incorporar una dimensión social a sus procesos de diseño y producción. De esta manera, el valor generado por los proyectos podría revertir directamente en las personas que participan en ellos, creando oportunidades de formación, experiencia profesional y acceso al empleo.
¿Qué sueño tienes pendiente profesionalmente?
Más que trabajar para una firma concreta, lo que realmente me atrae es la posibilidad de colaborar con aquellas marcas cuya visión admiro. Siempre he sentido una gran afinidad por determinadas firmas, tanto por la calidad de lo que hacen como por la manera en que entienden el diseño, los materiales o los procesos. La idea de poder desarrollar una pieza para alguna de ellas me resulta especialmente estimulante, no tanto por el reconocimiento que pueda implicar, sino por la oportunidad de participar en una visión diferente a la mía y contribuir a ella desde mi propia experiencia.
Quizás por eso siempre me han interesado tanto las colaboraciones. Durante la mayor parte de mi trayectoria he sido editora de mis propias piezas, lo que me ha permitido desarrollar una identidad muy personal y una gran libertad creativa. Sin embargo, cuando he tenido la oportunidad de colaborar con otros diseñadores, instituciones o marcas para desarrollar proyectos específicos, he descubierto que esos procesos suelen ser especialmente enriquecedores.
Me gusta pensar el diseño como una conversación abierta, donde cada colaboración incorpora nuevas miradas y preguntas. Al final, más allá de las marcas o los nombres concretos, lo que realmente me motiva es participar en proyectos que me permitan seguir aprendiendo, investigando y creciendo. Aquellos que me obligan a mirar las cosas desde otro lugar y que, de alguna manera, me transforman también a mí durante el proceso.
Redacción: Beatriz Fabián
Beatriz es periodista especializada en contenidos editoriales offline y online sobre diseño, arquitectura, interiorismo, arte, gastronomía y estilo de vida.