Hablamos con Benjamín Iborra, de Mesura
Este estudio fundado en Barcelona hace 15 años por cinco amigos y socios, ha construido una práctica que abarca arquitectura, urbanismo, diseño de interiores y de mobiliario. Desde una mirada transdisciplinar, reivindican la arquitectura vernácula, la investigación y la sostenibilidad basada en la responsabilidad, la coherencia y el sentido común.
En 2011, fruto de un desarrollo orgánico, cinco amigos y socios –Jordi Espinet, Marcos Parera, Benjamín Iborra, Carlos Dimas y Jaime Font–, deciden trabajar juntos en su pasión, la arquitectura. Un viaje para descubrir el Convento de Santa María de La Tourette de Le Corbusier se convierte para ellos en una revelación que los anima a trabajar juntos. Tras presentarse al concurso Europan y ganarlo “contra todo pronóstico”, desafiando las bases para hacerlo más respetuoso con lo existente, les empiezan a llegar encargos de familia y amigos para ir creciendo como despacho de una forma muy orgánica y natural.
Desde su metodología multidisciplinar, el estudio entiende cada proyecto como un campo de investigación. Defienden la arquitectura vernácula sin pretender mimetizar sino proteger y reinventar y consideran clave la arquitectura anónima que siempre les inspira. Les gusta mirar la arquitectura desde el interior y, en ello, tiene mucho que ver su admiración por Peter Zumthor y su idea de la atmósfera como categoría estética, capaz de hacer que un edificio o un espacio nos conmueva o nos deje indiferentes. Mesura se identifica con este concepto que tiene en cuenta la materialidad, la luz y la proporción. Además de su afinidad con este gurú de la arquitectura, les fascina Mies van der Rohe, por su atención a los detalles. Ricardo Bofill es también uno de sus referentes, sin olvidar a grandes maestros como José Antonio Coderch, Josep Lluís Sert y Antonio Bonet.
Todo este imaginario se refleja en sus trabajos como Casa Ter, la tienda Aesop de Diagonal, la galería doméstica Vasto Gallery y el espacio para el Guest lounge de ArcoMadrid 2025, además de proyectos más recientes como Studio 61 y Casa Balma Murada. Benjamín Iborra (Barcelona, 1985) nos cuenta como la práctica de Mesura quiere trascender los límites tradicionales de la arquitectura y del diseño.
¿Cómo son los inicios del estudio? ¿Cómo surge?
Nosotros somos amigos de la Universidad y compañeros de carrera. Nos juntamos por una relación personal, pero también porque teníamos las mismas afinidades en el diseño.
En un viaje para visitar La Tourette de Le Corbusier, Jordi y yo, junto con otro socio –éramos becarios en proyectos de segundo–, animamos a Marcos, Jaime y Carlos a que vinieran con nosotros, siempre para disfrutar de la arquitectura, que es nuestra pasión. Durante el viaje tuvimos una conversación: uno de nosotros tenía un espacio para trabajar y pensamos: «¿Y si nos juntamos?». Lo hicimos para hacer proyectos, acabar algunos de la Universidad o simplemente disfrutar de la arquitectura.
Coincidió, además, con que en clase nos incitaban a presentarnos a un concurso de urbanismo, el Europan –destinado a jóvenes arquitectos menores de 40 años– y, como solo queríamos pasárnoslo bien, decidimos presentarnos al proyecto que más nos motivaba, que era una intervención en Dubrovnik.
Para sorpresa de todos, ganamos el concurso precisamente porque nos saltamos las bases. Había que hacer una macrointervención en el único lugar de la periferia de la muralla que es patrimonio de la UNESCO, y nosotros dijimos que había que ser mucho más respetuoso y hacerlo mediante varias intervenciones a través del muro, para no ser tan agresivos.
A partir de ahí llegaron encargos de amigos, de familiares… Una cosa llevó a la otra y, sin querer hacer un estudio, se fue formando poco a poco.
Fue algo muy orgánico, muy natural, paso a paso y sin grandes planificaciones.
Mesura significa moderación, prudencia, compostura o sensatez al hablar o actuar. ¿Por qué elegís este nombre?
Nosotros comenzamos en 2010-2011, el nombre surge en 2015 y se hace oficial al año siguiente. Después de cinco o seis años de práctica decidimos poner un nombre a lo que hacíamos, porque habíamos estado trabajando con un nombre muy precario y sin ningún tipo de sentido. Pensamos: «Creemos que sabemos un poco hacia dónde vamos o lo que queremos, pongamos un nombre». No fue fácil, porque queríamos que no solo representase lo que somos, sino que fuese también se pudiera decir a nivel nacional e internacional. Siempre hemos tenido una mirada hacia fuera y Mesura nos encajó mucho porque, además, tenía varios significados. Desde uno más técnico: mesura es medida, literalmente, también en catalán.
Pero también significaba todo aquello que habíamos ido entendiendo durante los primeros cinco años de práctica. Veníamos de una arquitectura más icónica, realizada más desde el desenfreno. En la carrera salíamos con una visión de la arquitectura hecha a gran escala, sin presupuesto, sin nadie que pudiese opinar, era cuestión de opinión. Y eso conllevaba una arquitectura que, por sí misma, acababa siendo caprichosa. Muchas veces había habido un gran maestro detrás que había realizado muy bien ese capricho, pero otras veces acababa siendo un desastre.
Nosotros nos encontramos con que eso ya no valía, porque las reglas habían cambiado. Y, de manera muy reactiva, si las reglas del juego habían cambiado, nosotros nos adaptamos y trabajar a medida, con mesura, era algo con lo que nos encontramos y que quisimos abrazar.
En 2015, en la Universidad de Oporto, nos preguntaron: «¿Qué lleváis en los bolsillos?». Como una pregunta muy abierta, dijimos: «Llevamos en los bolsillos cada día los valores de la crisis». Son con los que nos hemos encontrado y nos gustan mucho: muy pocos proyectos, de pequeña escala, sin presupuestos, sin horarios… Todo aquello nos lleva a intentar hacer más con menos. Eso significa respetar más lo que te encuentras, trabajar en equipo y mirar la arquitectura desde el interior, porque hemos hecho muchos proyectos de arquitectura interior.
Y había otra cosa que nos gustaba mucho: veíamos que cada proyecto era para nosotros una línea de investigación diferente. No nos definimos por una estética, sino por una manera de trabajar. Hacer las cosas «a medida» no significa tanto diseñar cosas a medida, sino que cada proyecto es una investigación distinta que surge a medida de la situación, de la circunstancia, del lugar y de las personas que nos hacen los encargos.
Como equipo, ¿cómo se reparten los roles? ¿Qué aporta cada uno al proceso de proyecto?
Nosotros nos vamos reformulando mucho. Como he dicho antes, crecemos de manera muy orgánica. Ahora somos 75 personas en un estudio que, a nivel nacional, ya es grande y a nivel internacional, mediano. Se trata de intentar ver cómo un estudio grande no muere por crecer, sino todo lo contrario: cómo consigues que eso multiplique posibilidades y multiplique la cantidad. Ese es un gran reto.
Para mí, el rol del equipo es imprescindible, no solo el de los cinco socios. Cada vez damos más importancia a que cada persona que hay en el estudio sea gente de la máxima calidad, a la que podamos aportar y darle el máximo respeto. No explicarles tú desde los cinco, sino desde los 75. Son controles totalmente diferentes.
Es verdad que, aun habiendo un tono de voz muy horizontal a nivel creativo, donde todo el mundo tiene la misma voz, sí que hay una organización muy bien estructurada. Hay gente responsable de las diferentes áreas: desde las más creativas a las de investigación y las más técnicas y de ejecución.
Nos reinventamos mucho. El rol de los cinco socios es algo que hemos ido variando, siempre respetando que estemos todos dentro de la parte creativa.
Una de las casualidades que nos hemos encontrado es que los cinco somos muy diversos y complementarios. Esto ha sido casualidad total: podíamos haber sido cinco arquitectos muy centrados en lo mismo, pero con el tiempo vamos descubriendo que a cada uno le interesa más algo en concreto y cada vez es mejor en ello. Eso nos permite llegar a más lugares, siempre respetando que la base creativa sea la misma.
¿Qué arquitectos, artistas, pensadores o disciplinas han influido más en vuestra forma de entender la arquitectura?
En la carrera, en nuestra generación, es verdad que Chillida y Oteiza fueron dos referentes muy fuertes. A pesar de que eran muy diferentes entre ellos, para nosotros eran dos grandes referentes, no solo en lo plástico y lo estético, sino también en lo conceptual y en lo radical.
Nos gustaba mucho utilizar su radicalidad del discurso: en Oteiza veíamos más esa parte conceptual y radical, mientras que en Chillida veíamos más plasticidad, en lo estético y en lo compositivo. Esa vía de inspiración siempre nos ha llevado a que nuestras ideas intenten ser cuanto más claras, mejor.
¿Una inspiración en el día a día?
Nuestra gran inspiración diaria, sin embargo, es la arquitectura vernácula de los lugares. Trabajamos en muchos lugares distintos –de hecho, en Barcelona casi es donde menos trabajamos– y nos gusta mucho investigar cuál es la arquitectura de cada lugar, partiendo de la base de que cada pueblo tiene su propio carácter.
Nos motiva investigar por qué la arquitectura anónima de los lugares ha llevado históricamente a eso. Y, al final, siempre es lo mismo: entender bien el clima, la cultura y analizar los recursos locales. Es una línea de investigación que no siempre nos lleva a una aplicación directa u obvia, pero siempre partimos de esa investigación. Esa es nuestra principal fuente de inspiración.
¿Algún arquitecto que admiréis?
Si nos preguntas a los cinco cuál es el arquitecto que más admiramos, creo que uno de ellos sería Peter Zumthor. Desarrolló una idea que, aunque no fue revolucionaria, en el contexto en el que surgió sí lo fue: el concepto de las atmósferas. Nos sentimos muy identificados y atraídos por pensar la arquitectura no tanto desde la fachada, sino desde los espacios que se habitan, teniendo en cuenta que la materialidad, la luz y la proporción lo son casi todo. Zumthor es nuestro gran gurú, al que siempre miramos.
También hemos heredado la obsesión por el detalle de Mies van der Rohe. Nos fascina que cada detalle en un proyecto pueda solventar un proyecto entero porque aporta humanidad y eso nos gusta mucho.
Y, mirando a casa, en Barcelona, tenemos como referente a Ricardo Bofill. Cada vez lo tenemos más en la cabeza, no solo por la parte plástica y revolucionaria, sino también por su manera de entender el estudio. Creo que aunque es un despacho local, tiene una mirada internacional que ha mantenido desde siempre sin perder visión, calidad y ambición. En ese sentido, nos sentimos bastante identificados y queremos aprender mucho de ese estudio.
Y, en cuanto a la arquitectura vernácula, es una suerte tener cerca grandes maestros que han seguido esa línea. No estamos inventando nada, están: la Casa Ugalde de Coderch, la Fundación Joan Miró de Sert, La Ricarda de Bonet… Todos estos arquitectos han entendido muy bien la arquitectura vernácula desde una modernidad absoluta. Se trata de coger esa línea y, en los contextos en los que tenga sentido, seguirla.
¿Qué referencias, experiencias o disciplinas alimentan vuestra manera de proyectar?
El diseño gráfico y la divulgación nos han fascinado siempre, es algo que nos gusta hacer y le dedicamos mucho tiempo y cariño. No queremos que la arquitectura se explique solo a partir de una foto final, sino intentar explicar la máxima parte del proceso, para nosotros esto tiene un componente de humanidad. Nos gusta contar cómo llegas ahí, cuáles son las inspiraciones.
¿Cuántas personas componen vuestro equipo y en qué disciplinas?
Ahora somos 75 personas y básicamente trabajamos en arquitectura y arquitectura interior. Nos gusta más decir «arquitectura interior» que interiorismo, porque creemos que éste tiene muchas facetas. Para nosotros, significa todo lo que al darle la vuelta a la caja y no cae y, en muchos casos, va más allá de la arquitectura.
También es cierto que hemos nacido en una época colaborativa y multidisciplinar y en el despacho tenemos desde perfiles de comunicación a perfiles más técnicos y de investigación con inteligencia artificial.
Somos un despacho que domina mucho la mano: pensamos con la mano, pero como arquitectos debemos ser revolucionarios y entender las nuevas tecnologías, saber cuándo nos ayudan y cuándo son una herramienta que hay que criticar. Y, para criticar algo hay que entenderlo.
Llevamos unos tres años investigando la inteligencia artificial y, sobre todo en los últimos cinco meses, estamos comenzando a ver cómo nos puede ayudar en procesos más densos, administrativos, y también en fases de pura producción. En ningún caso en la parte creativa, algo en los que debemos luchar y divulgar para que no ocurra.
Creo que la inteligencia artificial va a comer mucho terreno, pero en los despachos que nos fascinan, los que sentimos que tienen amor por la arquitectura, creo que no va a pasar. A la inmensa mayoría de despachos de arquitectura que trabajan de cualquier manera sí les va a afectar, porque ¿qué más da un despacho que está haciendo las cosas de cualquier manera, sin ningún tipo de pasión, que una máquina que lo va a hacer igual o mejor?
Ahí sí creo que va a afectar mucho al oficio.
También considero que los arquitectos somos un nicho que hablamos entre nosotros y nos cuesta mucho salir ahí fuera. En Barcelona se acaba de celebrar un Congreso Mundial de Arquitectura y preguntas a la gente de la ciudad y nadie sabe qué está sucediendo. Luego, algo estamos haciendo mal al hacerlo como algo cerrado para nosotros. Por mucho que queramos empujar y solventar el mundo con nuestras herramientas y nuestra divulgación, algo tenemos que hacer para llegar más lejos.
Decís «no construimos para desechar». Os preocupan los materiales, la sostenibilidad y la durabilidad de los proyectos. ¿Por qué y cómo lo lleváis a la práctica?
Somos fieles defensores de la diversidad en la sostenibilidad. Se está generando también una radicalización de la sostenibilidad que me parece bien, pero creo que, como arquitectos, debemos abrazarla desde la diversidad.
Es muy bonito decir que pensamos desde la reutilización, y lo hemos hecho de una manera totalmente radical en el proyecto para Aesop, una tienda de pequeña escala que no tiene un impacto muy grande, pero que lanza un mensaje. Utilizamos piedras puramente locales de Montjuïc, a unos 30 kilómetros, que habían formado parte de edificios de la ciudad que se habían derruido. Alguien las había mantenido y nosotros las captamos para reutilizarlas. Es cien por cien piedra reutilizada y cien por cien local. Además, es reutilizable porque tenemos el compromiso de que, si esa tienda en algún momento deja de existir, las piedras son bloques, que se apilan uno encima de otro y se devuelven a la cantera para que alguien pueda reutilizarlos. Esta es una manera muy radical de aproximarse a la sostenibilidad.
Otra forma que hemos aplicado es utilizar al máximo materiales de kilómetro cero. Conceptualmente, Casa Ter es una casa que hemos hecho en el Empordà, al lado de La Bisbal, donde existe una tradición cerámica potentísima. Es un proyecto que nace de solventar tectónicamente el proyecto a partir de la variedad de la cerámica local. La inmensa mayoría de los materiales son locales, y eso es muy sostenible porque reduce el transporte.
Nosotros siempre hemos reivindicado que la mayor sostenibilidad es la coherencia y el sentido común, que suele llevar a los sistemas pasivos. Si estás en el Mediterráneo, por ejemplo, consiste en emplear ventilación cruzada, fachada sur con un buen voladizo horizontal y una fachada este u oeste cerrada o con protección vertical. Esto es aplicar el sentido común para reducir el consumo de energía, tanto de frío como de calor.
También estamos investigando la arquitectura con tierra. Desde hace un año, imparto junto a Urtzi Grau, una asignatura sobre la arquitectura hecha con tierra en la ETSALS y hemos abierto una línea de investigación sobre ello. En este sentido, estamos trabajando con adobe en un museo en Arabia empleando 500.000 ladrillos de barro a partir de tierra local y cocido al sol. La arquitectura con tierra es una línea de investigación brutal, tanto en la universidad como en el estudio.
También estamos haciendo un proyecto con tapial en Guadix (Granada).
Al final, cada lugar es fascinante porque existen técnicas tradicionales de tierra distintas según los medios que disponibles. En Sudamérica, por ejemplo, está el bahareque, que es la combinación de bambú con tierra y madera.
Hay nuevas tecnologías para afrontar las debilidades estructurales y sísmicas de estos sistemas. Es brutal, hay proyectos que empiezan haciendo un ladrillo de tierra compactada y que ahora ya están aplicando a bovedillas de tierra estructural, como Fetdeterra. Lo fascinante es conseguir que no sea una utopía. Es verdad que tiene limitaciones y que estos sistemas encarecen los proyectos, porque todo lo que sea mano de obra lamentablemente encarece.
Eso está conllevando muchos problemas porque se está cargando la artesanía local. Y, con ello, muchas cosas. Evidentemente, en algunos lugares se está haciendo una arquitectura mucho más impersonal, menos humana, porque precisamente todos esos materiales tan humanos, en los que notas la mano, son los que cada vez van a menos.
Tenemos que luchar por aplicarlos y hacer un poco de pedagogía para que se apliquen. Por eso todas las marcas que están apostando por sistemas industrializados, son la clave.
En el proyecto que estamos haciendo con tapial hay una parte de pura industrialización. La clave está en todas aquellas personas que están apostando por industrializar la tierra. Yo le tengo mucha fe, porque realmente tiene unas virtudes térmicas brutales.
Y, más allá de la sostenibilidad, están las propiedades térmicas y la humanización. A veces los arquitectos somos muy técnicos, pero también está el valor humano de tocar las cosas.
¿Esto habla mucho de la recuperación de los oficios?
Tocar la tierra es casi el concepto de atmósfera de Zumthor: cómo esos materiales tienen una relevancia importante en la forma en la que el humano percibe los espacios, más allá de que cumplan todos los requisitos de sostenibilidad o técnicos. El rendimiento siempre va acompañado de algo más.
Mirando vuestra trayectoria, ¿en qué punto sentís que os encontráis?
Estamos en un punto muy bonito, con una trayectoria de 15-16 años a lo largo de la que mantenemos un alma y una energía de juventud muy importantes.
Tenemos mucha fuerza y muchas ganas de hacer muchas cosas y, sin embargo, nos sentimos muy afortunados de tener ya un bagaje. En estos 15 años hemos tenido la suerte de probar muchas cosas, investigar, ir aprendiendo y tener ya una escala.
Eso nos sitúa en una posición que nos hace mucha ilusión: seguir creciendo de manera orgánica y lógica, siempre con la máxima ambición en la calidad de las cosas que hacemos. Para nosotros eso es lo más importante.
También estamos en un momento muy emocionante porque estamos envueltos en un proyecto en la Casa Corberó, de Xavier Corberó, un artista y escultor catalán que, desde 1968 hasta que murió, estuvo creando su casa-taller. Es un espacio muy difícil de explicar con palabras. Está en Esplugues y está concebido desde la mirada de un escultor superdotado que entiende lo que puede ser la arquitectura.
Cada espacio es diferente, con una luz mágica, un espacio místico, casi religioso por la mística que tiene en sí mismo y por la luz. Estamos trabajando a fondo en cómo darle vida desde el máximo respeto y continuidad a lo existente. A nivel de intervención arquitectónica no hay que hacer nada más allá de lo que pide la normativa, de lo que hay que adecuar, y hacerlo desde el máximo respeto.
Por ejemplo, hay unas escaleras que son una escultura y no cumplen la normativa. Frente a ello, tienes dos opciones: ponerle una barandilla y un soporte para que cumpla, o mantenerla como una escultura y añadir a la casa otra escalera hecha desde el respeto y desde la lógica, que no contraste.
Es un proyecto que tiene esa doble tarea: hacer la rehabilitación a nivel de diseño, pero también pensar qué vida se le quiere dar al espacio.
La casa podrá albergar muchos usos a la vez: una parte de fundación, docencia, investigación, vivir y trabajar allí. Corberó definía su casa como «vivir, trabajar e invitar». Es una casa con 15 habitaciones porque quería traer gente de todo el mundo. Era una persona muy incomprendida aquí, pero muy respetada en Nueva York, en Japón y en muchos otros lugares.
Habrá espacios de taller para construir esculturas y pintar, espacios pensados para pensar y desarrollar la creatividad, espacios para vivir y dormir y espacios para que la gente la pueda visitar. Va a ser un espacio con mucha vida, sin perder el misticismo.
¿Cuál consideráis que ha sido uno de los proyectos que han podido marcar un punto de inflexión en vuestra carrera profesional?
El primer hito importante fue el Europan, que he mencionado antes.
El segundo fue el nacimiento de Mesura y su nombre en 2016, acompañado de dos proyectos que representaban esa idea: Casa Ter y Casa IV, además de una intervención en el Castillo de Peralada.
El siguiente hito fue 2020, con la finalización de Casa Ter y ganar nuestro primer concurso internacional de gran escala: el museo que estamos haciendo en Arabia, un museo de arte digital con 500.000 ladrillos de barro. Fue otro hito importante y coincidió además con la pandemia, un momento muy delicado.
El siguiente hito será 2027, cuando previsiblemente coincidirán la finalización de este museo con la apertura de puertas de la Casa Corberó.
¿Cuáles son vuestros trabajos más sobresalientes, los que han sido más mediáticos?
Entre los proyectos que han marcado nuestra trayectoria están el Europan de Dubrovnik, Casa Ter, el museo de Arabia y Casa Corberó.
También Aesop es un proyecto que representa muy bien nuestra investigación sobre la reutilización de materiales y la sostenibilidad.
Y Vasto Gallery es otro proyecto que nos gusta especialmente porque reivindica la decisión de no hacer nada. El proyecto era una casa-galería y el cliente decía: «Quiero que esto sea mi casa». No había que hacer nada con esas columnas.
Representa muy bien esa idea de reivindicar el diseño que decide no hacer nada. A los arquitectos nos gusta actuar, como un peluquero al que le pides un corte y no te hace nada. Pero a veces no hacer nada es una decisión valiente, y Vasto creo que fue una de ellas.
¿Qué retos o líneas de investigación os planteáis para explorar durante la próxima década?
Creo que el reto más importante para nosotros es cómo hacer ese crecimiento que estamos viendo y que tiene una cierta predicción de la manera más orgánica posible, sin perder calidad, sino aumentando la calidad. Aumentar el equipo significa traer un equipo capaz de aportar. El gran reto es generar escala.
Nosotros nacimos con proyectos muy pequeños, que tenían poco impacto. Los arquitectos debemos tener la posibilidad de generar un impacto real en la sociedad. Desde la escala pequeña puedes impactar en la vida de pocas personas, les cambias la vida, pero son pocas.
Ahora vemos la posibilidad de que, con proyectos de mayor escala y no privados, sino de carácter público, ese impacto sea mayor.
Nuestra ambición sigue siendo crecer de escala de manera sostenible y aplicar ese cariño y esa pasión por la calidad que intentamos dar a los proyectos de pequeña escala a proyectos grandes. Esa es nuestra gran aspiración: poder afectar a la sociedad de una manera más tangible.
¿En qué proyectos os encontráis trabajando en estos momentos?
Nos movemos entre pequeña y gran escala, tanto a nivel nacional como internacional, y eso es lo que nos fascina. A pequeña escala y a nivel nacional estamos haciendo una intervención en una casa modernista que se llama Torre Llimona, una reforma de arquitectura interior; una intervención en un espacio místico y experimental en el entorno de unas cuevas en Guadix; y comenzando un proyecto relacionado con el vino natural en la Ribeira Sacra.
A nivel internacional y a gran escala estamos trabajando en el museo de Arabia Saudí, también en otra región más montañosa y mucho más verde, donde estamos haciendo varios proyectos de uso mixto; e, incluso, comenzando un proyecto de mezquita, que también nos hace mucha ilusión porque nos permite trabajar en un espacio místico y llevar la arquitectura más allá de lo cotidiano.
En Oropesa (Castellón), estamos haciendo un proyecto de hotel muy interesante porque la idea es hacer que la arquitectura desaparezca. Entendemos que hay muchas maneras de mimetizarse con el entorno o intentar relacionarse con él; en este caso, la ambición es querer desaparecer.
También hemos terminado Estudio 61, un edificio de estudios muy pequeños en un chaflán de Poblenou (Barcelona), muy esbelto en planta, con un carácter, industrial y robusto. Lo hemos concebido para potenciar mucho la comunidad y la relación entre las personas que viven en esas unidades.
¿Un proyecto soñado que os gustaría ver realizado?
Al ser cinco socios, cada uno tiene su propio sueño, pero cuando lo hemos comentado siempre volvemos a la misma idea. Es verdad que hacer una mezquita se acerca mucho a esto. Es decir, un proyecto que suponga un cambio para mucha gente en su día a día y que la arquitectura pueda elevar el alma humana más allá de lo cotidiano, hacer algo más trascendental. Cómo generar algo místico con la arquitectura. Eso sería un sueño.
También defendemos mucho que de lo más importante de la arquitectura es el cliente, comprometido y valiente, y llegar a generar una arquitectura depende casi más de tener un cliente creyente y valiente que de ti mismo y de lo que propones. Hay veces en las que, por mucho que tengas ambición, existe un bloqueo y no siempre llegas a esa lo que quieres.
Por eso, sobre todo a nivel local, hacemos una curaduría muy grande de los clientes. Antes de empezar un proyecto necesitamos hacerle una entrevista al cliente y corroborar que estamos alineados con los valores. Si no, no vale la pena.
Por eso, sobre todo a nivel local, hacemos una curaduría muy grande de los clientes. Antes de empezar un proyecto necesitamos hacerle una entrevista al cliente y corroborar que estamos alineados con los valores. Al final, para nosotros, hacer arquitectura también consiste en encontrar a las personas adecuadas con las que compartir una misma manera de entenderla: con ambición, responsabilidad y, sobre todo, pasión por hacer las cosas bien.
Redacción: Beatriz Fabián
Beatriz es periodista especializada en contenidos editoriales offline y online sobre diseño, arquitectura, interiorismo, arte, gastronomía y estilo de vida.
Crédito de fotos: Nieves Díaz