Hablamos con Studio Pachón-Paredes
Luis G. Pachón e Inés García de Paredes apuestan por la investigación y la experimentación y reivindican el papel de la arquitectura como catalizador capaz de entrelazar distintos agentes.
Luis G. Pachón (Madrid, 1989) e Inés García de Paredes (Madrid, 1989) mantienen una manera de proyectar gestada en la preparación del proyecto de fin de carrera cuando se formaban en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Consiste en una dinámica, basada en el diálogo constante, el debate y la confrontación de ideas, mediante la que cuestionan todas las decisiones hasta llegar a una solución compartida por ambos. Luis da clases en el IE, en el Máster de Architectural Design, en Madrid, y también participa en programas en Segovia y Granada. Además, durante años impartieron cursos en Venecia y São Paulo junto a Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla. Mientras, Inés prefiere centrarse en el trabajo de estudio desde el que colaboran con otros arquitectos puntualmente formando equipos horizontales si lo precisan las necesidades de cada proyecto. Han trabajado con Estudio Herreros y Tuñón arquitectos, además de con Paredes-Pedrosa (Inés es hija de Ángela García de Paredes y de Ignacio García Pedrosa). Premiados con el Premio Especial MATCOAM 2025, el Premio Emergentes COAM 2022, interiorismo COAM 2024 y 2025, Premio PHI Patrimonio Histórico+Cultural Iberoamericano; Premios Casa de la Arquitectura 2026 y el Premio de Arquitectura CSCAE 2024 en la categoría Rehabilitación, han expuesto en la 16ª y 17ª Bienal de Venecia, y en la XIII Bienal de Arquitectura Española BEAU y ARQUIA Próxima 2022, 2024 y 2026. Su práctica fue seleccionada y expuesta en “Ecosistemas.zip: Spain’s next generation” en sala Amadis y Casa de la Arquitectura en Madrid.
Uno de los ejes de su trabajo es mejorar el comportamiento energético y funcional de los edificios sin borrar su identidad. En lugar de demoler elementos existentes, intentan reinterpretarlos y conservar aquellos que mantienen la memoria del edificio. Defienden espacios poco definidos y adaptables a distintos usos y futuros habitantes, frente a viviendas excesivamente personalizadas que envejecen mal y generan más residuos. En cuanto a la sostenibilidad, la entienden desde una perspectiva amplia: reducir demoliciones, reutilizar materiales, diseñar exposiciones desmontables y reutilizables y evitar generar residuos innecesarios. La conversación gira en torno a buscar un equilibrio entre sostenibilidad, flexibilidad e innovación sin renunciar a la identidad de los edificios ni al valor de los oficios y la construcción tradicional.
¿Cómo son los inicios del estudio?
Fundamos el estudio en 2020, en plena pandemia del COVID, aunque nuestra colaboración había comenzado antes de una manera más intermitente. Desde que terminamos la carrera, cada uno había trabajado en estudios diferentes y solo desarrollábamos pequeños proyectos juntos en momentos puntuales, casi siempre ocupando los tiempos que dejaban nuestras respectivas colaboraciones.
Paradójicamente, la pandemia nos permitió recuperar la posibilidad de trabajar juntos de forma continuada, como cuando éramos estudiantes en la escuela, donde nos conocimos. En un momento de gran incertidumbre profesional y personal, decidimos convertir esa colaboración ocasional en una práctica común. Al mismo tiempo, aquel contexto puso de manifiesto muchas cuestiones que ya nos preocupaban: la rigidez de los espacios domésticos, la dificultad para adaptarlos a situaciones imprevistas y la disolución acelerada de límites que parecían muy estables, como los que separaban vivienda y trabajo, interior y exterior, intimidad y colectividad.
De pronto, las viviendas se convirtieron simultáneamente en oficinas, escuelas, gimnasios, lugares de ocio y espacios de encuentro. En cierto modo, se transformaron en pequeñas ciudades. Esa experiencia reforzó nuestra voluntad de investigar arquitecturas capaces de aceptar el cambio, la ambigüedad y la diversidad del habitar contemporáneo.
El estudio surgió, por tanto, tanto de una afinidad profesional como de una reacción vital ante un momento que exigía repensar cómo queríamos vivir y trabajar. Los primeros proyectos de rehabilitación doméstica se convirtieron en un laboratorio desde el que empezar a desarrollar las investigaciones que hoy articulan nuestra práctica.
Como pareja profesional y personal, ¿cómo se reparten los roles? ¿Qué aporta cada uno al proceso de proyecto?
Aunque somos muy diferentes, compartimos una capacidad que consideramos esencial: mantener una mirada amplia y crítica frente al otro, acercando y puliendo posiciones hasta encontrar un punto de intersección. Ese cruce de ideas suele conducirnos a lugares inesperados y se convierte en una parte central del proyecto.
Vivimos en un contexto profesional cada vez más orientado hacia la ultra-especialización. Sin embargo, un estudio pequeño como el nuestro exige casi lo contrario: abordar múltiples dimensiones del proyecto con el mismo grado de implicación y rigor, y relacionarlas de manera holística. Esto nos obliga a profundizar en cada cuestión, desde lo espacial y constructivo hasta lo económico, técnico o social, sin perder la visión de conjunto.
Nuestros recorridos anteriores aportan perspectivas diferentes. Inés trabajó principalmente en arquitectura privada y doméstica de menor escala, lo que incorpora una lectura muy precisa del usuario, la intimidad y la vida cotidiana. Luis estuvo más vinculado a proyectos públicos y de mayor escala, aportando una mirada más infraestructural, urbana y sistémica, atenta a los marcos colectivos. Sin embargo, estos roles no son cerrados: los intercambiamos constantemente y cuestionamos la posición inicial del otro. A veces, la aportación más valiosa no consiste en proponer una solución, sino en formular la pregunta que obliga a revisar una decisión aparentemente resuelta.
Trabajar como pareja introduce además una continuidad entre vida y práctica. Las ideas aparecen en el estudio, pero también en viajes, visitas o conversaciones cotidianas. Esa intensidad permite que los proyectos maduren durante más tiempo y desde perspectivas distintas.
¿Qué arquitectos, artistas, pensadores o disciplinas han influido más en vuestra forma de entender la arquitectura?
Más que partir de una genealogía específica de referentes o referencias, trabajamos desde un imaginario cambiante. Las referencias no son modelos que deban reproducirse, sino materiales que se incorporan, se contradicen y se transforman según cada proyecto y el momento en el que nos encontramos.
Ese imaginario se articula alrededor de cuatro coordenadas fundamentales en nuestro proceso: espacio, tiempo, materia y energía. Nos interesan aquellas arquitecturas y formas de pensamiento que entienden el espacio como un soporte abierto y multidimensional; el tiempo como un material de proyecto a distintas escalas; la materia como memoria, recurso y experiencia; y la energía como una condición espacial, corporal y climática, no únicamente técnica.
Nos atraen tanto los procesos de pensamiento de arquitecturas reconocidas como los conocimientos anónimos y populares. Más que referencias concretas, observamos de forma transversal las estructuras industriales y agrícolas, las técnicas vernáculas, las dinámicas del habitar, o los espacios públicos capaces de asumir usos diversos sin perder su identidad. Una plaza, una nave o una casa tradicional pueden ofrecer enseñanzas más vigentes que muchos programas contemporáneos excesivamente especializados.
También incorporamos referentes del arte, el diseño, la antropología, la ecología, la física o la termodinámica, especialmente cuando estudian las relaciones entre cuerpos, objetos, ambientes y comportamientos. Las referencias alimentan nuestro marco, pero también lo desplazan y permiten que cada proyecto ponga en crisis nuestras posiciones previas.
¿Qué referencias, experiencias o disciplinas alimentan vuestra manera de proyectar?
Para nosotros, proyectar es una forma de aprendizaje colectivo. No entendemos al arquitecto como alguien que dispone de todas las respuestas, sino como una figura capaz de relacionar conocimientos diversos, escuchar y construir acuerdos entre agentes que trabajan desde lenguajes distintos. Aprendemos de la relación directa con quienes intervienen en el proyecto y la obra: usuarios, ingenieros, consultores, técnicos municipales, especialistas urbanísticos, constructores, fabricantes, promotores, clientes, agentes comerciales y oficios. Nos interesa participar en todo el proceso, desde las primeras conversaciones hasta la obra terminada, porque cada agente posee un conocimiento específico capaz de transformar el proyecto cuando se incorpora desde el inicio y no solo como comprobación final.
La obra es especialmente importante para nosotros porque confronta el pensamiento con la materia, la economía, el tiempo y las posibilidades reales de los sistemas constructivos. En ella buscamos equilibrar conocimientos artesanales, basados en la experiencia y la transmisión directa, con procesos industriales que aportan precisión, sistematización y optimización.
La academia también ocupa un lugar fundamental. La docencia nos obliga a explicar y cuestionar aquello que hacemos intuitivamente, convirtiéndose en una extensión crítica de la práctica.
Proyectar consiste, en gran medida, en construir relaciones entre todos esos saberes. Más que defender la autonomía de la arquitectura, nos interesa su capacidad para actuar como espacio de negociación entre distintas formas de conocimiento.
Mirando vuestra trayectoria, ¿en qué punto sentís que os encontráis?
Probablemente nos encontramos en un momento de reflexión y equilibrio, aunque no necesariamente de estabilidad. Durante los primeros años predominaba una cierta urgencia: cada proyecto era una primera vez, una oportunidad y, al mismo tiempo, una prueba. Ahora sentimos que algunas ideas han adquirido una base más sólida. Las investigaciones sobre sostenibilidad espacial, NON–BINARY SPACE o CROSS–SPACE ya no son solo intuiciones iniciales, sino marcos ensayados en distintos proyectos, escalas y momentos. Esto nos permite trabajar con mayor confianza, pero también nos obliga a ser más críticos: identificar qué puede seguir evolucionando y qué necesita ser revisado o reformulado.
Ese equilibrio tiene que ver también con aprender a seleccionar y decidir en un contexto de incertidumbre. No solo qué proyectos aceptar, sino dónde concentrar el tiempo y la energía, qué cuestiones merece la pena desarrollar y cuáles pueden permanecer abiertas. Después de unos años intensos, buscamos un equilibrio entre práctica, investigación, docencia, obra y vida personal.
Sentimos que estamos en un espacio de transición. Algunas líneas adquieren mayor claridad, mientras otras se abren hacia escalas y programas más complejos. Quizá lo que ha cambiado es que ya no sentimos la necesidad de responder rápidamente a todas las preguntas, sino de mantenerlas latentes, abiertas el tiempo suficiente y que se vayan transformando y adaptando.
Defendéis y exploráis los espacios polivalentes o no binarios. ¿Qué entendéis por esta idea y cómo se traduce en vuestros proyectos?
Conviene distinguir conceptos que suelen emplearse muy habitualmente como equivalentes: polivalentes, flexibles, híbridos. Por ejemplo, un espacio “flexible” se refiere a su cualidad de cambio a través de mecanismos o transformaciones físicas de capas externas; uno híbrido combina usos previamente definidos; y uno polivalente puede acoger distintas actividades sin modificar sustancialmente su configuración espacial.
Cuando iniciamos la investigación sobre espacios indefinidos, NON-BINARY SPACE, buscábamos un término capaz de integrar dimensiones funcionales, espaciales, materiales, energéticas, temporales, sociales y sensoriales. Un espacio puede ser polivalente en su uso y, sin embargo, seguir siendo binario en su relación con el clima, la intimidad, la propiedad o la tecnología. El término “no-binario” aplicado al espacio y la arquitectura, plantea una condición más amplia. No se limita a combinar funciones, sino que cuestiona categorías rígidas como interior y exterior, público y privado, doméstico y productivo, individual y colectivo, natural y artificial, pasivo y activo. Pone en crítica esas condiciones intermedias. No pretende eliminar las diferencias, sino multiplicar los grados de relación entre ellas. En nuestros proyectos se traduce en espacios que evitan prescribir una única forma de ocupación, límites que actúan como filtros y la convivencia entre sistemas energéticos pasivos, activos e híbridos.
La arquitectura establece las condiciones, pero son los usuarios, los objetos, las relaciones y el tiempo quienes terminan de completar y reescribir el espacio.
¿Cómo entendéis esos espacios no binarios?
Entendemos los espacios no binarios como espacios indefinidos, abiertos a terminar de definirse con el tiempo. No son vacíos, neutros ni carentes de identidad. Al contrario, pueden ser arquitectónicamente muy precisos sin resultar prescriptivos. Su especificidad puede proceder de la estructura, la materia, la termodinámica o la relación con el contexto, mientras su uso permanece abierto.
Nos interesa hablar de espacios latentes: espacios que contienen posibilidades sin necesidad de representarlas todas desde el inicio. La arquitectura no debe anticipar cada situación futura, porque eso podría producir una nueva forma de rigidez, sino ofrecer un soporte suficientemente sólido y, al mismo tiempo, capaz de absorber aquello que todavía no conocemos.
Para ello distinguimos entre capas con distintos grados de permanencia. La estructura, la envolvente y determinadas infraestructuras constituyen la base más duradera. Frente a ellas, el mobiliario, las puertas, los objetos, los textiles, los cuerpos y los rituales cotidianos forman capas más activas y transformables. En ESPACIO D esta relación se hace especialmente visible y da lugar a una ecología de los objetos: elementos que activan, conectan, dividen o redefinen el espacio sin alterar continuamente su soporte principal.
También buscamos trasladar ciertas cualidades del espacio público al ámbito doméstico. Como una plaza, la vivienda puede acumular usos, memorias y apropiaciones sin perder identidad. En la serie CROSS–SPACE exploramos esta condición, equilibrándola con la necesidad de privacidad, intimidad y refugio. La privacidad se gradúa y negocia mediante umbrales, filtros, distancias y dispositivos móviles. El espacio se define y se vuelve a indefinir con el tiempo.
¿El futuro de la vivienda o del hábitat pasa por una mayor flexibilidad o versatilidad de los usos privados y compartidos?
Creemos que el futuro de la vivienda pasa por una mayor capacidad de negociación y adaptación, pero no necesariamente por convertir todas las casas en plantas abiertas o incorporar mecanismos móviles. La flexibilidad entendida solo como solución formal puede convertirse también en una nueva imposición.
La vivienda deberá responder a formas de convivencia, trabajo, cuidado y producción cada vez más diversas. Una misma casa puede atravesar situaciones familiares, económicas y generacionales muy distintas a lo largo de su vida útil. Si cada cambio exige una reforma profunda, el modelo resulta insostenible material, energética y económicamente.
Esto no significa que todas las estancias o elementos deban ser indefinidos. Algunas actividades necesitan condiciones específicas de intimidad, acústica, temperatura, es decir una infraestructura. La cuestión consiste en calibrar qué partes requieren una definición estable y cuáles pueden permanecer abiertas a la apropiación. Aquí juega un papel fundamental la estructura y las instalaciones. Además de todas las relaciones termodinámicas y energéticas que experimentamos a lo largo del día, y de los cambios climatológicos durante el curso anual. En nuestros proyectos, los espacios más definidos conviven con ámbitos colectivos de mayor polivalencia y con zonas intermedias que regulan la relación entre ambos. También entendemos los límites entre lo privado y lo compartido como graduales, ajustables según el momento, la actividad o la situación vital.
La rehabilitación del parque existente será esencial. El futuro no será una vivienda capaz de hacerlo todo, sino una que no quede obsoleta cada vez que cambian la vida o sus habitantes.
¿Cuál consideráis que ha sido uno de los proyectos que han podido marcar un punto de inflexión en vuestra carrera profesional?
Más que un proyecto aislado, señalaríamos la serie NON–BINARY CROSS SPACE. Surgió como una investigación práctica vinculada a varias rehabilitaciones domésticas mediante reformas individuales de pisos, y fue adquiriendo progresivamente una estructura común y una dimensión más urbana y colectiva. Cada intervención partía de un edificio, una retícula y unos usuarios distintos, pero todas compartían una estrategia de ocupación de estructuras existentes, demolición selectiva y construcción de espacios abiertos a diferentes formas de apropiación.
Dentro de la serie, CROSS SPACE III, en el barrio de pacifico, representa un momento especialmente importante porque condensó muchas de las cuestiones que veníamos investigando: la estructura como soporte de memoria, la relación entre capas permanentes y activas, la indefinición funcional, la gestión de la energía y la construcción de una domesticidad simultáneamente colectiva e íntima. El proyecto recibió el Premio Arquitectura Española 2024 en la categoría de Rehabilitación, otorgado por el CSCAE. Más allá de la visibilidad, aquella distinción tuvo un impacto emocional importante. En una práctica todavía joven para ese tipo de reconocimientos, supuso una motivación y confirmó que una investigación nacida de encargos domésticos de pequeña escala (trabajos muy comunes de nuestra generación) podía alcanzar una relevancia arquitectónica más amplia.
Este año la investigación transversal ha sido seleccionada en el festival Arquia/Próxima 2026.
En vuestro perfil de Instagram se lee esta frase: “space, time, matter and energy”. ¿Qué significado tiene para vosotros?
Son cuatro conceptos, heredados evidentemente de la física relativa, y reinterpretados al mundo de la arquitectura. Como hemos mencionado antes, actúan como coordenadas abiertas para aproximarnos a cualquier proyecto. No constituyen una metodología cerrada, sino un marco desde el que formular preguntas y relacionar escalas aparentemente muy diferentes.
Por especificar algunos ejemplos:
El ‘espacio’, entendido en toda la amplitud de sus acepciones semánticas, desde su dimensión física, hasta la conceptual e intangible. El ‘tiempo’ está presente en la memoria de lo existente, en el envejecimiento de los materiales, en los cambios de uso y en la capacidad de una arquitectura para seguir siendo válida sin ser sustituida. ‘La materia’ no es solo material o acabado: es recurso, peso, coste, energía incorporada, tactilidad, técnica y construcción. La construcción contiene información sobre una época, una economía y una forma de hacer y pensar. ‘La energía’, por último, no se limita al consumo o las instalaciones, sino que aparece en la orientación, la ventilación, la luz, la humedad, la temperatura, la actividad de los cuerpos y la inercia de los materiales. Nos interesa especialmente la relación entre sistemas pasivos, activos e híbridos y su impacto en la experiencia espacial.
Pero lo verdaderamente importante no son los cuatro términos por separado, sino las sinergias que se producen entre ellos. Una decisión material transforma la energía; una condición energética modifica la percepción del espacio; el tiempo altera la materia; y los modos de ocupación reescriben constantemente todas esas relaciones. Para nosotros, el proyecto aparece precisamente en esos intercambios e intersecciones.
¿En qué proyectos estáis trabajando ahora?
Principalmente en viviendas unifamiliares de obra nueva, aunque muy diferentes entre sí. Estamos diseñando una casa para un actor, concebida casi como un anfiteatro, y otra que se posa sobre el terreno intentando alterar lo mínimo posible el paisaje. En este último caso el objetivo es no talar ni una sola encina, de modo que la vivienda prácticamente se adapta al lugar en lugar de imponer su presencia.
También tenemos numerosos proyectos de rehabilitación. Estamos recuperando unas construcciones rurales en La Vera para un fotógrafo y rehabilitando una vivienda posmoderna en la sierra de Madrid.
Ese proyecto está siendo especialmente interesante porque la casa original era muy difícil de habitar: tenía habitaciones triangulares, múltiples desniveles y una distribución llena de recovecos. Sin embargo, decidimos demoler lo mínimo posible. Conservamos prácticamente toda la envolvente y hasta las carpinterías, que apenas tenían cinco años y funcionaban perfectamente. No tenía sentido sustituirlas.
La intervención consiste en reorganizar completamente el interior, mejorar el comportamiento energético del edificio y añadir una pequeña ampliación, pero respetando al máximo la construcción existente.
¿Qué retos o líneas de investigación os planteáis para explorar durante la próxima década?
El principal reto es dejar de entender la arquitectura como producción continua de objetos nuevos y asumir la transformación de lo existente como una responsabilidad política. Queremos investigar cómo estructuras, infraestructuras y espacios ya construidos pueden absorber otras formas de vida, trabajo y cuidado sin quedar obsoletos. Eso implica reducir demolición, materia y energía, pero también cuestionar programas rígidos, propiedad, intimidad y modelos de convivencia. La próxima década debería construir menos, interpretar mejor y diseñar espacios capaces de cambiar sin ser sustituidos.
¿Un proyecto soñado que os gustaría ver realizado?
Pues sería una ilusión reactivar un proyecto que comenzamos en 2022 y que, por distintas circunstancias, quedó detenido. No planteaba un espacio, ni un edificio concreto, sino un prototipo para la ciudad: una estrategia urbana para la rehabilitación energética de las envolventes de edificios existentes en Madrid sin borrar la identidad material y cotidiana de sus barrios.
A partir de la revisión de distintas normativas del PGOU de Madrid y tras una consulta urbanística especial favorable, el proyecto proponía integrar energía, vegetación, protección solar, instalaciones y espacio habitable, reformulando elementos profundamente madrileños como terrazas, barandillas, jardineras o toldos. La estrategia permitía mejorar el comportamiento energético de los edificios y, al mismo tiempo, depurar la imagen degradada de sus fachadas, absorbiendo los elementos que las han ido colonizando y parcheando con el tiempo: cableados, máquinas de aire acondicionado, cierres de terrazas o carpinterías desiguales. No se trataba de eliminarlos, sino de mantenerlos y relegarlos a un segundo plano mediante una nueva infraestructura común, evitando intervenciones desmesuradas.
Nos interesaría retomarlo porque entendemos la rehabilitación energética como una cuestión crítica y política para nuestras ciudades, pero también como una oportunidad para reconstruir con mayor unidad. Es necesario mejorar la habitabilidad y el comportamiento energético del parque existente, pero sin uniformar ni sustituir aquello que construye su identidad. El proyecto podría convertirse en un sistema gradual, replicable y adaptable a los recursos de cada comunidad, capaz de transformar la vida de sus habitantes sin robarle identidad al barrio.
Redacción: Beatriz Fabián
Beatriz es periodista especializada en contenidos editoriales offline y online sobre diseño, arquitectura, interiorismo, arte, gastronomía y estilo de vida.
Crédito de fotos: Nieves Díaz