The Sibarist

Entrevista Sierra + De La Higuera

Hablamos con los tres componentes de S+DLH, un estudio a punto de cumplir una década que trabaja con honestidad, atención a la materialidad y a la permanencia que firma proyectos sólidos ligados a la artesanía y entiende el interiorismo como “una forma de acompañar la vida”.

Inés, Mercedes y Javier son interioristas, estudiaron en la Universidad Politécnica y están al frente del estudio Sierra De la Higuera. Entienden el interiorismo como una forma de acompañar la vida de quienes habitan sus espacios. Especializados principalmente en proyectos residenciales –a excepción de las oficinas centrales de Nuba–, combinan sensibilidad estética, atención al detalle y una visión muy cercana del cliente, con quien construyen relaciones que muchas veces trascienden lo profesional. Sobre todo trabajan en obras localizadas en Madrid, aunque desde hace un año están firmando proyectos en Oviedo, Cantabria, Tenerife y Málaga. Sus realizaciones se centran tanto en rehabilitación como en obra nueva, y abordan cada proyecto desde una mirada integral en la que arquitectura, iluminación, materiales y piezas de diseño dialogan de manera natural. En esta conversación hablan sobre sus inicios, su manera de trabajar y la evolución del estudio que, a punto de cumplir diez años, sigue creciendo sin perder su identidad artesanal y cercana. Compaginan esta práctica con su faceta como galeristas y, en este sentido, acaban de lanzar su Cápsula 4 que es el primer capítulo de una colaboración con Vasto Gallery. Reúne obras de Pol Agustí, Max Milà Serra y Esther Gatón además de piezas de diseño y archivo de su propio estudio. Un ejemplo, una pieza lanzada el año pasado con Mayice. Este tipo de proyectos es el resultado de su interés por el trabajo artesanal y por la colaboración con diferentes oficios relacionados con el interiorismo.

El año que viene el estudio cumple diez años. ¿Cómo veis vuestra propia trayectoria?

Cuando empezamos en 2017 los tres teníamos muy claro lo que queríamos hacer, pero no sabíamos si había espacio para ello. Hoy hemos construido ese lugar. Ha habido cambios de rumbo, decisiones difíciles, proyectos que nos han exigido más de lo previsto. Pero hay una coherencia en todo ese recorrido: siempre hemos apuntado hacia lo mismo, hacer proyectos bien pensados, con integridad, que perduren.

¿Cuál es el principal hito que ha marcado vuestro camino? ¿Algún encargo específico?

Hay proyectos que marcan porque son los primeros de un tipo nuevo: el primer comercial, la primera vivienda grande, el primer proyecto fuera de Madrid. Pero si tuviéramos que señalar un punto de inflexión, sería cuando empezamos a recibir encargos con total libertad creativa. Cuando un cliente confía no solo en tu capacidad técnica sino en tu criterio, la relación cambia. Te conviertes en un interlocutor real, no en un ejecutor. Proyectos como Lope de Vega o Paseo de Recoletos han tenido ese peso: viviendas grandes y complejas donde hemos hecho arquitectura, interiorismo y decoración de principio a fin, con piezas diseñadas por nosotros que forman parte del resultado final.

Proyecto en Paseo de Recoletos, por S+DLH. Foto: Pablo Zamora

Definís vuestra filosofía como “puro equilibrio”, ¿diríais que es el sello de Sierra + De La Higuera? ¿Qué significa esa idea dentro del estudio?

Es la idea más difícil de sostener en la práctica. Para nosotros tiene que ver con encontrar el punto en el que ya no hay nada que agregar ni quitar: que la materia esté en proporción con el espacio, que la ornamentación tenga sentido, que haya suficiente complejidad para que el resultado sea interesante pero suficiente contención para que sea habitable. Es algo que se evalúa proyecto a proyecto.

Versatilidad y atemporalidad aparecen constantemente en vuestro discurso. ¿Cómo se traducen en decisiones concretas?

La atemporalidad no es tanto una estética, sino una actitud ante el proyecto. Se traduce en evitar lo que es solo contemporáneo —las modas, los materiales que duran un ciclo, las referencias que envejecen mal— y apostar por lo que tiene raíces más profundas: la piedra, la madera, el estuco, el lino, materiales que han estado presentes en la arquitectura durante siglos y que saben envejecer. La versatilidad viene de entender cada proyecto desde cero, sin imponer un lenguaje propio sobre el lugar o el cliente. En un proyecto de campo en La Vera usamos cerámica, barro y piedra local. En un ático junto al Teatro Real, micro hormigón claro y lucernarios. El lenguaje cambia pero la exigencia no.

Detalle de un proyecto en Eduardo Dato. Foto: Pablo Zamora.

¿Qué hace que un espacio envejezca bien?

La honestidad material, ante todo. Los espacios que envejecen bien son los que no intentan disimular lo que son. Una madera que se va oscureciendo, una piedra que gana pátina, un estuco que muestra el paso del tiempo sin deteriorarse: eso es carácter, no desgaste. También tiene que ver con la proporción: los espacios bien proporcionados no necesitan actualizarse porque su lógica interna es correcta desde el principio. Y luego está la pieza a medida: cuando algo ha sido diseñado específicamente para un espacio, no hay riesgo de que quede fuera de contexto.

Alzapaño correspondiente a la Cápsula 3 de la galería S+DLH.

Defendéis que “el diseño de interiores a medida puede construir una identidad espacial tan poderosa como cualquier reforma estructural”. ¿Cómo construís esa identidad en cada proyecto?

Arrancamos siempre desde la escucha. Antes de poner una línea sobre el papel necesitamos entender cómo vive el cliente, qué tiene ya (qué piezas, qué memorias, qué objetos quiere conservar), y qué tipo de experiencia quiere habitar. La identidad no se inventa: se destila. A partir de ahí construimos una paleta material y un conjunto de decisiones: distribución, luz, mobiliario, arte… Que responden a esa persona o a ese programa concreto. En proyectos residenciales, muchas veces la pieza a medida diseñada por nosotros es lo que unifica todo: una mesa de piedra, una librería, un biombo, un sofá. Son elementos que no podrían estar en ningún otro sitio. Eso es identidad espacial.

Vuestros trabajos se mueven entre lo clásico y lo contemporáneo con bastante naturalidad. ¿Cómo conviven sin que se vea como puramente estético?

Porque no partimos de referencias estilísticas, sino de preguntas estructurales. ¿Qué pide este espacio? ¿Qué tiene el lugar que merece ser respetado o revelado? Un suelo de espiga de roble en un edificio de 1890 no es un guiño decorativo: es la respuesta correcta a la estructura que ya existe. Una cocina de travertino macizo en una vivienda contemporánea tampoco es nostalgia: es la elección del material más adecuado para esa escala y ese uso. Cuando lo clásico y lo contemporáneo conviven con naturalidad es porque ambos están al servicio del espacio, no de una imagen prefabricada. En nuestra cabeza priman los trazos limpios por encima de los excesos, y la funcionalidad sobre la mera decoración.

Candelero de pared diseñado por Mayice para la Cápsula 3.

¿Qué os aporta trabajar como estudio coral? ¿Cómo repartís sensibilidades y decisiones creativas?

Más que repartir, diríamos que superponemos. Los tres tenemos sensibilidades distintas, pero hay una cultura compartida muy sólida que viene de haber estudiado juntos, de haber construido el estudio desde cero y de años de conversación continua sobre lo que nos gusta y lo que no. En la práctica, cada proyecto tiene un socio que lo lidera, pero las decisiones importantes siempre pasan por los tres. Esa fricción, bien gestionada, es donde aparecen las mejores soluciones. Sabemos combinar nuestros diferentes puntos de vista. No siempre es cómodo, pero el resultado es más completo que lo que haría cualquiera de nosotros por separado.

¿Cuáles son vuestros principales referentes dentro y fuera de la arquitectura y el interiorismo?

Dentro del interiorismo nos interesan los estudios que tienen un punto de vista muy propio pero que no son rígidos, como Axel Vervoordt o Vincent Van Duysen. Fuera del interiorismo miramos mucho hacia el arte contemporáneo, especialmente a artistas que trabajan con materia y escala. La artesanía también es un referente constante: nos importa entender cómo se hacen las cosas, cuál es el proceso detrás de un objeto. Eso cambia la manera en que lo utilizas y lo valoras en un proyecto.

Vista del trabajo realizado en la calle Lope de Vega. Foto: Pablo Zamora.

¿Cuál ha sido el mayor reto al que os habéis enfrentado como estudio joven?

Convencer de que la exigencia tiene un valor. Cuando empiezas, el mercado tiende a pedir rapidez antes que profundidad. Nosotros nunca hemos querido hacer proyectos superficiales, y eso al principio genera tensión con clientes que no entienden por qué un proceso bien hecho lleva el tiempo que lleva. Con los años, esos clientes son los que más nos agradecen haberlos frenado. El otro gran reto ha sido crecer sin perder el control del proceso: mantener la misma atención al detalle cuando el volumen de trabajo aumenta es algo en lo que seguimos trabajando.

Además del estudio, desarrolláis una faceta de galería y diseño de mobiliario propio. ¿Cómo dialogan esas tres áreas entre sí?

De forma muy orgánica. La galería nació de una necesidad real: en muchos proyectos diseñábamos piezas a medida que no existían en el mercado, y con el tiempo esas piezas comenzaron a tener vida propia. La galería es un espacio con piezas únicas, series limitadas y ediciones a medida que expanden el universo visual de S+DLH. No es una tienda de complementos del estudio: es donde investigamos formas, materiales y procesos con una libertad que el proyecto de cliente no siempre permite. Lo que aprendemos en la galería vuelve a los proyectos, y lo que nos piden los proyectos nos da ideas para nuevas piezas. Las Cápsulas —nuestras exposiciones— añaden una capa más: introducen el trabajo de artistas y creadores con los que dialogamos, construyendo una conversación entre arquitectura de interiores, diseño de objetos y arte contemporáneo.

Proyecto en la calle Lope de Vega. Foto: Pablo Zamora.

¿Con qué materiales disfrutáis más trabajando y qué buscáis transmitir a través de ellos?

La madera, el cuero y el barro artesanal esmaltado. La madera tiene una densidad y una memoria que va cambiando con el uso, especialmente la recuperada. El cuero es un material que mejora con el tiempo de una manera muy directa, muy honesta. Y el barro esmaltado nos interesa porque cada pieza lleva la mano de quien la hizo; hay una variación inevitable que lo hace único. En todos ellos buscamos lo mismo: que el material sea honesto y que gane con el tiempo.

Atención al detalle en el proyecto realizado en Eduardo Dato. Foto: Pablo Zamora.

¿Qué os inspira y cómo se desarrolla el proceso creativo de cada obra?

Empezamos siempre por el lugar y por el cliente. El lugar tiene condiciones que no son negociables (luz, estructura, historia) y el cliente tiene una vida que hay que entender antes de proyectar. A partir de ahí el proceso es muy conversacional: bocetos rápidos, materiales físicos sobre la mesa, visitas a anticuarios y a fabricantes, revisión constante entre los tres. No usamos referencias de Pinterest como punto de partida; usamos objetos reales, espacios visitados, materiales tocados. La inspiración llega de sitios muy distintos —una pieza de cerámica, un tejido, un edificio que vemos de viaje, una exposición—, pero siempre pasa por el filtro del proyecto concreto antes de convertirse en decisión.

¿Qué papel tiene la iluminación en vuestros proyectos? ¿Trabajáis con algún estudio especializado?

La iluminación es el proyecto dentro del proyecto. Puede arruinar o completar todo lo demás, y es la decisión que más tarde se toma y la que más se nota si está mal resuelta. Trabajamos con estudios especializados cuando el encargo lo requiere, y con diseñadores de luminaria que hacen piezas únicas para espacios concretos. 

Baño y vestidos en el proyecto Lope de Vega. Foto: Pablo Zamora.

Estáis desarrollando proyectos fuera de Madrid, incluso en contextos históricos como Santa Cruz de Tenerife. ¿Cómo influye el lugar en vuestra manera de proyectar?

De forma decisiva. En Madrid tenemos un contexto muy conocido —el edificio de principios de siglo, la vivienda entre medianeras, la paleta cromática de la ciudad—, y nuestras respuestas llevan años refinándose dentro de ese marco. Cuando trabajamos en otro lugar, empezamos de cero en muchos sentidos: la luz es diferente, los materiales locales son otros, la manera en que la gente habita el espacio también cambia. En La Vera, por ejemplo, el proyecto giró en torno a la tierra y el viñedo, con materiales locales como el barro, la madera y la piedra de la zona, generando un espacio totalmente integrado en su entorno. En una ciudad histórica como Santa Cruz, la preexistencia arquitectónica pesa de otra manera. Esa restricción nos encanta porque es estimulante, nunca limitante.

Comedor de la obra Los Rincones. Foto: Pablo Zamora.

¿En qué estáis trabajando actualmente?

Tenemos varios proyectos residenciales en curso, tanto en Madrid como fuera. Y estamos muy centrados en el desarrollo de la galería: acabamos de estrenar la colaboración con Vasto Gallery de Barcelona con la exposición Cápsula 4: Selected to live inside architecture, en la que presentamos obra de Pol Agustí, Max Milà Serra y Esther Gatón junto a piezas propias del estudio. Es una línea de trabajo que nos importa mucho: poner en conversación arquitectura de interiores, diseño de objeto y arte desde una posición curatorial propia.

La cocina del proyecto Los Rincones. Foto: Pablo Zamora.

¿Hay algún tipo de proyecto que todavía no hayáis podido abordar y que os gustaría desarrollar en el futuro?

La hospitalidad nos atrae mucho: un hotel pequeño, con carácter, donde puedas construir una experiencia completa desde la arquitectura hasta el objeto. También nos gustaría trabajar en más proyectos de rehabilitación de edificios históricos —espacios con estratos, con memoria acumulada—, donde el reto no es inventar sino revelar. Y en algún momento nos gustaría hacer un proyecto de espacio público o cultural: una sala, una fundación, algo que no sea estrictamente privado. Creemos que nuestro lenguaje tiene algo que decir también en ese registro.

¿Dónde os gustaría que estuviera el estudio dentro de otros diez años?

Similar a donde estamos ahora, haciendo proyectos que nos importen siempre, pero con más presencia internacional y con la galería consolidada como programa propio. No queremos ser un estudio grande; queremos mantener la escala que nos permite controlar la calidad del proceso. Y que lo que construyamos siga teniendo la misma claridad de propósito que tiene hoy, pero con más capas.

También estáis empezando a trabajar con promotoras, ¿no?

Sí, pero promotoras muy boutique. Casas muy de autor. Por ejemplo, estamos trabajando con unos chicos que hacen proyectos muy cuidados y que colaboran siempre con interioristas distintos. Han trabajado con Plantea, con Febrero Studio, con Mesura… y ahora van a hacer la siguiente con nosotros.

Eso también os cambia el tipo de relación con el proyecto.

Muchísimo. Cuando trabajas para una familia acabas siendo casi psicólogo. Conoces sus dinámicas, a sus hijos, sus perros, cómo viven… Es una relación muy íntima. Muchos clientes se convierten en amigos.

Y luego siguen confiando en vosotros.

Claro. Nos pasa mucho. Clientes para los que hicimos una casa en Madrid y luego nos llaman para Ibiza o para otra vivienda. Eso significa que están contentos y que el vínculo funciona.

En proyectos como la casa de Campomanes, ¿hacéis una especie de labor arqueológica del espacio?

No exactamente arqueología, pero sí intentamos entender muy bien dónde estamos trabajando. Esa casa, por ejemplo, era un espacio muy singular, un edificio de Miguel Oriol con una cubierta muy compleja. Había que resolverlo tanto para invierno como para verano.

Fuimos un poco quienes animamos al cliente a apostar por ella, porque desde la primera visita vimos el potencial: abrir altura, recuperar vigas vistas, introducir más luz… A veces el cliente compra una casa sin ser consciente de todo lo que puede llegar a ser.

Pero sí sois muy conscientes del contexto arquitectónico.

Muchísimo. No es lo mismo intervenir en una casa del Paseo de Recoletos que en otro tipo de edificio. Nunca se nos ocurriría sustituir unas balconeras tradicionales de madera por aluminio, por ejemplo. En ese sentido somos bastante conservadores.

Beatriz Fabián, Silvia Hengstenberg y los chicos de S+DLH; Javier, Inés y Mercedes en El Invernadero

Redacción: Beatriz Fabián

Beatriz es periodista especializada en contenidos editoriales offline y online sobre diseño, arquitectura, interiorismo, arte, gastronomía y estilo de vida.

Una entrevista con Eduardo Tazón, para hablar de Studio Noju, un estudio de arquitectura, intuitivo y sensible, que entiende el diseño como un campo creativo amplio, aplicable a múltiples escalas y disciplinas.
En una trayectoria de apenas cuatro años, ya cuentan con el reconocimiento de la profesión. Hacen suya la que denominan ‘arquitectura de la reparación’, una práctica en la que experimentar, trabajar en colaboración e investigar son sus principales coordenadas.
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